Capítulo 11: Los Baños - Page 10 of 12

—Puñales, tambien es contentarse! exclamó el P. Camorra; en el vapor por poco nos pegamos de cachetes : porque es bas-tante insolente, le dí un empujon y me contestó con otro!

—Hay ademas un tal Macaragui ó Macarai...

—Macarai, repuso el P. Irene terciando á su vez; un chicomuy amable y simpático.

Y murmuró al oido del General :

—De ése le he hablado á usted, es muy rico... la señoracondesa se lo recomienda eficazmiente.

— Ah!

—Un estudiante de Medicina, un tal Basilio...

—De ese Basilio no digo nada, repuso el P. Irene levan-tando las manos y abriéndolas como para decir dólninus yo-biseum ; ese para mí es agua mansa. Nunca he llegado á saberlo que quiere ní lo que piensa. ¡Qué lástima que el P. Salví noesté delante para darnos algunos de sus antecedentes! Creohaber oido decir que cuando niño tuvo peras que partir con laGuardia Civil,... su padre fué muerto en no recuerdo quémotin...

Simoun se sonrió lentamente, sin ruido, enseñando susdientes blancos y bien alineados...

— Ajá! ajá! decía S. E. moviendo la cabeza : con que esastenemos? Apunte usted ese nombre!

—Pero, mi General, dijo el alto empleado viendo que la cosatomaba mal giro; hasta ahora nada de positivo se sabe contraesos jóvenes ; su peticion es muy justa, y no tenemos ningunderecho para negársela fundándonos solo en meras conjeturas.Mi opinion es que el gobierno, dando una prueba de su con-fianza en el pueblo y en la estabilidad de su base, acuerde loque se le pide; y libre á él despues de retirar el permiso cuandovea que se abusa de su bondad. Motivos ni escusas no han defaltar, podemos vigilarles... Para qué disgustar á unos jóvenesque despues pueden resentirse, cuando lo que piden está man-dado por reales decretos?

El P. Irene, don Custodio y el P. Fernandez asentían conla cabeza.

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kuláng-kuláng