Capítulo 11: Los Baños - Page 2 of 12

Hácia un estremo de la sala, sentado y delante de una mesitadonde se veían algunos papeles estaba el secretario. SuExcelencia era muy trabajador y no le gustaba perder tiempoasí es que despachaba con él mientras servía de alcalde enel tresillo y en los momentos en que se daban las cartas.

En el entretanto el pobre secretario bostezaba y se desespe-raba. Aquella mañana trabajaba como todos los días encambios de destino, suspension de empleos, deportaciones,concesion de gracias etc. y no se tocaba todavía la grancuestion que tanta curiosidad despertaba, la peticion de losestudiantes solicitando permiso para la creacion de una Aca-demia de castellano.

Paseándose de un estremo á otro y conversando animada-mente aunque en voz baja se veía á don Custodio, á un altoempleado, y á un fraile que llevaba la cabeza baja con airede pensativo ó disgustado; llamábase el P. Fernandez. De unahabitacion contigua salían ruidos de bolas chocando unas conotras, risas, carcajadas, entre ellas la voz de Simoun seca éincisiva : el joyero jugaba al billar con Ben Zayb.

De repente el P. Camorra se levantó.

— ¡Que juegue Cristo, puñales! exclamó arrojando las doscartas que le quedaban, á la cabeza del P. Irene; ¡puñales! lapuesta estaba segura cuando no el codillo, y lo perdemos porendose! ¡Puñales, que juegue Cristo!

Y furioso, explicaba á todos los que estaban en la sala elcaso dirigiéndose especialmente á los tres paseantes comotomándoles por jueces. Jugaba el General, él hacía la contra,el P. Irene ya tenía su baza; arrastra él con el espadas ypuñales! el camote del P. Irene no rinde, no rinde la mala.¡Que juegue Cristo! El hijo de su madre no se había ido allíá romperse la cabeza inútilmente y á perder su dinero.

— Si creerá el nene, añadía muy colorado, que los gano debóbilis bóbilis. ¡Tras de que mis indios ya empiezan á regatear...

Y gruñendo y sin hacer caso de las disculpas del P. Ireneque trataba de esplicarse frotándose la trompa para ocultar sufina sonrisa, se fué al cuarto de billar.

—P. Fernandez, quiere usted sentarse? preguntó el P. Sibyla.—

Soy muy mal tresillista! contesta el fraile haciendo unamueca.

— Entonces que venga Simoun, dijo el General; ¡eh, Simoun,eh, mister! Quiere usted echar una partida?

—Qué se dispone acerca de las armas de salon? preguntóel secretario aprovechando la pausa.

Simoun asomó la cabeza.

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