Capítulo 42: Los Esposos De Espadaña - Page 6 of 7

En cuanto al joven Linares, ya era otra cosa. Cuando se disponía el viaje a España, Dª. Victorina pensó en un administrador peninsular, no confiando en los filipinos: el marido acordóse de un sobrino en Madrid, que estudiaba para abogado y era considerado como el más listo de la familia: escribiéronle pues, pagándole de antemano ya el pasaje, y cuando el sueño se desvaneció, el joven ya estaba navegando.

Estos son los tres personajes que acaban de llegar.

Mientras tomaban el segundo almuerzo, llegó el P. Salví, y los esposos que ya le conocían le presentaron con todos sus títulos al joven Linares, que se ruborizó.

Se habló de María Clara como era natural; la joven descansaba y dormía. Se habló del viaje; Dª, Victorina lució su verbosidad criticando las costumbres de los provincianos, sus casas de nipa, los puentes de caña, sin olvidarse decir al cura sus amistades con el Segundo Cabo, con el Alcalde tal, con el Oidor cual, con el Intendente, etc., personas todas de categoría que le guardaban mucha consideración.

- Hubiera Ud. venido dos días antes, Dª. Victorina –repuso Capitán Tiago en una pequeña pausa-, habría Ud. encontrado a S.E. el Capitán General: allí estaba sentado.

- ¿Qué?. ¿Cómo?. ¿Estuvo aquí S.E.?. ¿Y en su casa?. ¡Mentira!.

- ¡Le digo a Ud. que allá se sentó!. Hubiera Ud. venido dos días antes...

- ¡Ah! ¡qué lástima que Clarita no se haya enfermado antes! –exclama ella con verdadero pesar, y dirigiéndose a Linares:

- ¿Oyes, primo?. ¡Aquí estaba S.E.!. ¿Ves si tenía razón De Espadaña cuando te decía que no ibas a casa de un miserable indio?. Porque Ud. sabrá, D. Santiago, que nuestro primo era en Madrid amigo de ministros y duques y comía en casa del conde del campanario.

- Del duque de la Torre, Victorina –le corrige su marido.

- Lo mismo da, ¡si me dirás a mi...!.

- ¿Encontraría yo este día al P. Dámaso en su pueblo? –interrumpe Linares dirigiéndose al P. Salví-; me han dicho que está cerca de aquí.

- Precisamente está aquí y vendrá dentro de poco –contestó el cura.

- ¡Cuánto me alegro!, tengo una carta para él –exclamó el joven-, y si no fuera por esta feliz casualidad que me trae aquí, habría venido expresamente para visitarle.

La feliz casualidad entretanto se había despertado.

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nakatuntóng sa guhit