Capítulo 42: Los Esposos De Espadaña - Page 4 of 7

D. Tiburcio era lo que vulgarmente se dice: un hombre que no hacía mal a una mosca: modesto e incapaz de abrigar un mal pensamiento, se hubiera hecho misionero en los antiguos tiempos. Su estancia en el país no le había podido dar ese convencimiento de alta superioridad, de gran valor y de elevada importancia que a las pocas semanas adquieren la mayor parte de sus paisanos. Su corazón no ha podido nunca abrigar odio; todavía no ha podido encontrar un solo filibustero; únicamente veía infelices a quienes convenía desplumar, si no quería ser más infeliz que ellos. Cuando se trató de formarle causa por hacerse pasar como médico, no se resintió, no se quejó; reconocía la justicia y sólo contestaba: ¡Pero es menester vivir!.

Casáronse o cazáronse pues, y fueron a Sta. Ana [5] para pasar la luna de miel; pero en la noche de bodas, Dª. Victorina tuvo una terrible indigestión y D. Tiburcio dio gracias a Dios, mostróse solícito y cuidadoso. A la segunda noche, sin embargo, se portó como hombre honrado, y al día siguiente, al mirarse en el espejo, sonrió con melancolía descubriendo sus desprovistas encías: había envejecido lo menos diez años.

Muy contenta Dª. Victorina de su marido, hizo que le arreglaran una buena dentadura postiza, le vistieran y le equiparan los mejores sastres de la ciudad; encargó arañas y calesas, [6] pidió a Batangas y Albay [7] los mejores troncos y hasta le obligó a tener dos caballos para las próximas carreras.

Mientras trasformaba a su marido, no se olvidaba de su propia persona: dejó la saya de seda y la camisa de piña por el traje europeo; sustituyó el sencillo tocado de las filipinas por los falsos flequillos, y con sus trajes que le sentaban divinamente mal turbó la paz de todo el tranquilo y ocioso vecindario.

El marido, que no salía nunca a pie –ella no quería que se viese su cojera-, la llevaba a paseo por los sitios más solitarios con gran pesar de ella, que quería lucir su marido en los paseos más públicos, pero se callaba por respeto a la luna de miel.

El cuarto menguante empezó cuando él quiso hablarle de los polvos de arroz, diciendo que aquello era falso, no natural; Dª. Victorina frunció las cejas y le miró en la dentadura postiza. El se calló y ella comprendió su flaco.

Pronto creyóse madre y anunciólo así a todos sus amigos:

- El mes que viene, yo y De Espadaña nos vamos a la Peñínsula; no quiero que nuestro hijo nazca aquí y le llamen revolucionario.

Puso un 'de' al apellido de su marido; el 'de' no costaba nada y daba categoría al nombre. Cuando firmaba poníase: Victorina de los Reyes de de Espadaña; este de de Espadaña era su manía; ni el que le litografió sus tarjetas ni su marido pudieron quitárselo de la cabeza.

- ¡Si no pongo más que un 'de' puede creerse que no lo tienes, tonto! –decía a su marido.

Hablaba continuamente de sus preparativos de viaje, aprendióse de memoria los nombres de los puntos de escala, y era un gusto oírla hablar:

- “Voy a ver el istmo en el canal de Suez; [8] De Espadaña cree que es lo más bonito y De Espadaña ha recorrido todo el mundo.” – “Probablemente no volveré más a este país de salvajes.” – “No he nacido para vivir aquí, me convendría más Adén o Port Said; desde niña lo he creído así, etc”. Dª. Victorina en su geografía dividía el mundo en Filipinas y España, a diferencia de los chulos que lo dividen en España y América o China por otro nombre.

[5] En tiempos de Rizal un pueblo cerca y al este de Ermita, hoy uno de los muchos distritos de la ciudad de Manila bordeando las ciudades de Makati y Mandaluyong.

[6] Arañas y calesas son vehículos de caballos, los dos tirados por un solo animal. La araña es de cuatro ruedas y de cierto lujo, la calesa de dos. lo que hoy llamaríamos un utilitario.

[7] Batangas es una provincia costera al sur de Manila mirando a Puerto Galera y la isla de Mindoro. Albay es una provincia en la región de Bicol al sur de Luzón como 500 km al sur de Manila. En tiempo de Rizal Filipinas estaba cubierta de bosques hasta un 95% y no había más problema en encontrar madera que encontrar granito en Avila. Sin embargo había evidentemente predilección por las maderas de ciertos lugares como estas dos provincias.

[8] Rizal es especialmente agudo y socarrón cuando describe la ignorancia pretenciosa de sus caracteres. El Canal de Suez corta el istmo del mismo nombre, por lo que ver el canal en el istmo no sería muy difícil, pero el istmo en el canal como quería ver Dña. Victorina hubiera resultado mucho más complejo. Y hubiera sido curioso ver la 'conveniencia' de la vida de esta señora en Aden o Port Said con sus climas de desierto tórrido y el agravante de la humedad al lado del mar.

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iguhit sa noó