Capítulo 42: Los Esposos De Espadaña - Page 3 of 7

Escarmentado del mar, no quiso volver a España sin haber hecho fortuna y pensó dedicarse a algo. El orgullo español no le permitía ningún trabajo corporal: el pobre hombre hubiera trabajado con gusto para vivir honradamente, pero el prestigio de los españoles no se lo hubiera consentido y este prestigio no le salvaba de las necesidades.

Al principio vivía a costa de algunos paisanos, pero, como Tiburcio era honrado, sabíale amargo el pan y, en vez de engordar, enflaquecía. No teniendo ni ciencia ni dinero ni recomendaciones, aconsejáronle sus paisanos, para desprenderse de él, fuese a provincias y se hiciese pasar por doctor en Medicina. El hombre se resistía al principio, pues si bien había sido mozo en el Hospital de S. Carlos, no había aprendido nada de la ciencia de curar: su oficio era sacudir el polvo de los bancos, encender los braseros, y esto fue por corto tiempo. Pero como la necesidad apremiaba y sus amigos disipaban sus escrúpulos, dióles oídos al fin, fuese a provincias y empezó a visitar algunos enfermos, cobrando módicamente como su ciencia se lo decía. Mas, a semejanza del joven filósofo de que habla Samaniego, concluye cobrando caro y poniendo gran precio a sus visitas; de aquí, pronto le tuvieron por gran médico y hubiera hecho probablemente su fortuna, si el Protomedicocano [2] de Manila no hubiese tenido noticias de sus exorbitantes honorarios y de la competencia que hacía a los otros.

Intercedieron por él particulares y profesores. “¡Hombre!, le decían al celoso Dr. C., déjele Ud. hacer su capitalito, que en cuanto tenga seis o siete mil pesitos, se podrá volver a su tierra y vivir allí en paz. Total ¿qué le hace a Ud. eso?, ¿que engaña a los incautos indios?. Pues que sean más listos. ¡Es un infeliz; no le quite Ud. el pan de su boca; sea Ud. buen español!”.

El doctor era buen español y consintió en hacer la vista gorda; pero, como la noticia llegó a oídos del pueblo, empezóse a desconfiar de él y en poco D. Tiburcio Espadaña perdió la clientela y se vio de nuevo obligado casi a mendigar el pan de cada día. Por entonces, supo de un amigo suyo, íntimo que fue de Dª. Victorina, el apuro en que se encontraba esta señora, su patriotismo y buen corazón. D. Tiburcio vio allí un pedazo de cielo y pidió ser presentado.

Dª. Victoria y D. Tiburcio se vieron. ¡Tarde venientibus ossa, [3] habría exclamado él si hubiese sabido latín!. Ella no era ya pasable, era pesada; su abundante cabellera se había reducido a un moño, al decir de su criada, grande como la cabeza de un ajo; arrugas surcaban su cara y empezaban a movérsele los dientes; los ojos habían sufrido también, y considerablemente; tenía que entornarlos con frecuencia para mirar a cierta distancia: su carácter era lo único que había quedado.

Al cabo de media hora de conversación, comprendiéronse y se aceptaron. Ella hubiera preferido un español menos cojo, menos tartamudo, menos calvo, menos mellado, que arrojase menos saliva al hablar y tuviese más brío y categoría, como ella solía decir; pero esta clase de españoles no se dirigieron jamás a ella para pedirle la mano. Había oído más de una vez decir que “a la ocasión la pintan calva” y creyó honradamente que D. Tiburcio era la misma ocasión, pues gracias a sus noches negras padecía de una prematura calvicie. ¿Qué mujer no es prudente a los treinta y dos años?.

D. Tiburcio, por su parte, sintió vaga melancolía al pensar en su luna de miel. Sonrióse con resignación y evocó en su auxilio el fantasma del hambre. Jamás había tenido ambición ni pretensiones; sus gustos eran sencillos, sus pensamientos limitados; pero su corazón, virgen hasta entonces, había soñado en muy diferente divinidad. Allá en su juventud, cuando, cansado de trabajar después de una frugal cena, iba a acostarse en una mala cama para digerir el gazpacho, [4] se dormía en una imagen sonriente, acariciadora. Después, cuando los disgustos y las privaciones aumentaron, pasaron los años y la poética imagen no vino, pensó sencillamente en una buena mujer, hacendosa, trabajadora, que le pudiese aportar una pequeña dote, consolarle de las fatigas del trabajo y reñirle de cuando en cuando, ¡sí, él pensaba en las riñas como en una felicidad!. Pero, cuando, obligado a vagar de país en país en busca no ya de fortuna sino de algunas comodidades para vivir los días que le restaban; cuando ilusionado por las relaciones de sus paisanos que venían de Ultramar, embarcóse para Filipinas, el realismo cedió el puesto a una arrogante mestiza, a una hermosa india de grandes ojos negros, envuelta en sedas y tejidos transparentes, cargada de brillantes y oro, brindándole su amor, sus coches, etc. Llegó a Filipinas y creyó que realizaba su sueño, pues las jóvenes, que en plateados coches acudían a la Luneta y al Malecón, le habían mirado con cierta curiosidad. Mas, una vez cesante, la mestiza o la india desapareció, y con gran trabajo se forjó la imagen de una viuda, pero una viuda agradable. Así que cuando vio su sueño tomar cuerpo en parte, se puso triste, pero, como tenía cierta dosis de filosofía natural, se dijo: “¡Aquello era un sueño y en el mundo no se vive soñando!”. Así resolvía él sus dudas: ella gasta polvos de arroz, ¡pshé!, cuando se casen, ya hará que se los quite; tiene muchas arrugas, pero su levita tiene más roturas y zurcidos; es una vieja pretenciosa, imponente y varonil, pero el hambre es más varonil, más imponente y más pretenciosa todavía, y luego para eso ha nacido él dulce de genio, y ¿quién sabe?, el amor modifica los caracteres; habla muy mal el castellano, él tampoco lo habla bien, según dijo el jefe del Negociado al notificarle su cesantía, y además, ¿qué importa?, ¿es una vieja fea y ridícula?, ¡él era cojo, desdentado y calvo!. D. Tiburcio prefería cuidar que no ser cuidado por enfermo de hambre. Cuando algún amigo se burlaba de él, respondía: “Dame pan y llámame tonto”.

[2] Cuerpo profesional que controlaba la práctica de Medicina.

[3] En latín, 'sólo huesos a los que llegan tarde.' Frase tomada del contexto de un banquete, se aplica a los que hacen cosas o llegan a ocasiones tarde.

[4] Ensalada en forma de sopa líquida, es cena popular en La Mancha y Andalucía por lo que refresca en noches cálidas. Rizal le da el sentido de cena de pobre.

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talu-sirâ