Capítulo 40: El Derecho Y La Fuerza - Page 6 of 6

El P. Salví no se había acostado. De pie, apoyada la frente contra las persianas miraba hacia la plaza, inmóvil, dejando escapar de tiempo en tiempo un comprimido suspiro. Si la luz de su lámpara no hubiese sido tan oscura, acaso se habría podido ver que se llenaban de lágrimas sus ojos. Así pasó casi una hora.

De este estado le sacó el tumulto de la plaza. Siguió con ojos sorprendidos el confuso ir y venir de la gente cuyas voces y gritería llegaban vagamente hasta él. Uno de los criados que vino sin aliento, le enteró de lo que pasaba.

Un pensamiento atravesó su imaginación. En medio de la confusión y del tumulto es cuando los libertinos se aprovechan del espanto y de la debilidad de la mujer; todos huyen y se salvan, nadie piensa en nadie, el grito no se oye, las mujeres se desmayan, se atropellan, caen, el terror y el miedo desoyen al pudor, y en medio de la noche... y ¡cuando se aman!. Se le figuró ver a Crisóstomo llevar en sus brazos a María Clara desmayada y desaparecer en la oscuridad.

Bajó saltando las escaleras sin sombrero, sin bastón, y como un loco se dirigió a la plaza.

Allí encontró a los españoles que reprendían a los soldados, miró hacia los asientos que ocupaban María Clara y sus amigas y los vio vacíos.

- ¡Padre Cura!. ¡Padre Cura! –le gritaban los españoles, pero él no hizo caso y corrió en dirección a la casa de Capitán Tiago. Allí respiró: vio en el transparente caído una silueta, la adorable silueta, llena de gracia y suave de contornos de María Clara, y la de la tía que llevaba tazas y copas.

- ¡Vamos! –murmuró- ¡parece que sólo se ha puesto enferma!.

Tía Isabel cerró después las conchas de las ventanas, y la graciosa sombra no se dejó ya más ver.

El cura se alejó de aquel sitio sin ver a la multitud. Tenía delante de sus ojos un hermoso busto de doncella, durmiendo y respirando dulcemente; los párpados estaban sombreados por largas pestañas, que formaban graciosas curvas como las de las Vírgenes de Rafael; la pequeña boca sonreía; todo aquel semblante respiraba virginidad, pureza, inocencia; aquel rostro era una dulce visión en medio de la ropa blanca de su cama, cual una cabeza de querubín entre nubes.

La imaginación siguió viendo otras cosas más... más, ¿quién escribe todo lo que un ardiente cerebro puede imaginar?.

Quizás el corresponsal del periódico, que terminaba su descripción de la fiesta y de todos los acontecimientos de esta manera:

“¡Gracias mil veces, gracias infinitas a la oportuna y activa intervención de M.R.P. Fr. Bernardo Salví, quien, desafiando todo peligro, entre aquel pueblo enfurecido, en medio de la turba desenfrenada, sin sombrero, sin bastón, apaciguó las iras de la multitud, usando sólo de su persuasiva palabra, de la majestad y autoridad que nunca le faltan al sacerdote de una Religión de Paz. El virtuoso religioso, con una abnegación sin ejemplo, ha dejado las delicias del sueño, de que toda buena conciencia, como la suya, goza, para evitar que le sucediese a su rebaño una pequeña desgracia. ¡Los vecinos de S. Diego no olvidarán sin duda este sublime acto de su heroico Pastor y sabrán serle por toda la eternidad agradecidos!”.

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layláy ang balikat