Capítulo 40: El Derecho Y La Fuerza - Page 5 of 6

Ibarra había vuelto y buscaba a María Clara. Las atemorizadas jóvenes se agarraron a él temblorosas y pálidas; tía Isabel rezaba las letanías en latín.

Repuesta algún tanto la gente del susto y habiéndose dado cuenta de lo que había pasado, la indignación estalló en todos los pechos. Llovieron piedras sobre el grupo de los cuadrilleros que conducían a los dos guardias civiles; hubo quien propuso incendiar el cuartel y asar a Dª. Consolación juntamente con el alférez.

- ¡Para eso sirven! –gritaba una mujer remangándose y extendiendo los brazos- ¡para perturbar el pueblo!. ¡No persiguen más que a los hombres honrados!. ¡Allí están los tulisanes y jugadores!. ¡Incendiemos el cuartel!.

Uno palpándose el brazo pedía confesión; voces plañideras salían debajo de los caídos bancos: era un pobre músico. El escenario estaba lleno de artistas y gente del pueblo que hablaban todos a la vez. Allí estaba Chananay, vestida de Leonor en El Trovador, hablando en lenguaje de tienda con Ratia, en traje de maestro de escuela; Yeyeng, envuelta en su pañolón de seda, con el Príncipe Villardo y los moros se esforzaban en consolar a los músicos [24], más o menos lastimados. Algunos españoles iban de un punto a otro hablando y arengando a todo el que encontraba.

Pero ya se había formado un grupo. D. Filipo supo su intento y corrió a contenerlos.

- ¡No alteréis el orden! –gritaba-; mañana pediremos satisfacción, se nos hará justicia; ¡yo os respondo de que se nos hará justicia!.

- ¡No! –contestaban algunos-; lo mismo hicieron en Calamba [25] ¡se prometió lo mismo pero el Alcalde no hizo nada!. ¡Queremos justicia por nuestra mano!. ¡Al cuartel!.

En vano los arengaba el teniente mayor, el grupo continuaba en su actitud. D. Filipo miró en torno suyo buscando auxilio y vio a Ibarra.

- ¡Señor Ibarra, por favor!. ¡Detenedlos mientras busco cuadrilleros!.

- ¿Qué puedo hacer yo? –preguntó el joven perplejo, pero el teniente mayor ya estaba lejos.

Ibarra a su vez miró alrededor, buscando sin saber a quién. Por fortuna creyó distinguir a Elías, que presenciaba impasible el movimiento. Ibarra corre a él, le coge del brazo y le dice en español:

- ¡Por Dios, haga Ud. algo, si puede: ¡yo no puedo nada!.

El piloto debió haberle comprendido, pues perdióse entre el grupo.

Oyéronse discusiones vivas, rápidas interjecciones; después, poco a poco, el grupo empezó a disolverse tomando cada cual una actitud menos hostil.

Tiempo era ya, pues los soldados salían armados, la bayoneta calada.

Entretanto, ¿qué hacía el cura?.

[24] Juego de naipes que impide al gobernadorcillo presidir la función.

[25] Rizal es ambivalente. Aunque todo indica que el pueblo ficticio de San Diego tiene su modelo en Calamba, su lugar natal, aquí nos presenta Calamba como distinta de San Diego. Hay que recordar que esta despreocupación por la consistencia del mundo real es parte de la licencia artística y creadora, los escritores de ficción no están interesados en la narración fiel de acontecimientos, para eso hay fotógrafos, periodistas e historiadores, sin embargo se sienten muy libres de usar situaciones y caracteres reales pero sólo hasta donde les conviene y del modo que les conviene para contar su historia.

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nagbúbutás ng silya