Capítulo 40: El Derecho Y La Fuerza - Page 4 of 6

Mientras Yeyeng salía vestida de chula con el “¿Da Usté su permiso?,” y Carvajal le contestaba “Pase usté adelante”, etc., acercáronse dos soldados de la guardia civil a D. Filipo, pidiendo que se suspendiese la representación.

- Y ¿por qué? –pregunta éste sorprendido.

- Porque el alférez y la Señora se han pegado y no pueden dormir.

- Diga Ud. al alférez que tenemos permiso del Alcalde Mayor, y que contra este permiso nadie en el pueblo tiene facultades, ni el mismo gobernadorcillo, que es mi ú-ni-co su-pe-rior.

- ¡Pues hay que suspender la función! –repitieron los soldados.

D. Filipo les volvió las espaldas. Los guardias se marcharon.

Para no turbar la tranquilidad, D. Filipo no dijo a nadie una palabra acerca del incidente.

Después del trozo de zarzuela, que fue muy aplaudido, se presentó el Príncipe Villardo retando a combate a todos los moros, que tenían preso a su padre: el héroe les amenazaba con cortarles a todos la cabeza de un solo tajo y enviarlas a la luna. Afortunadamente para los moros, que se disponían al combate al són del himno de Riego, sobrevino un tumulto. Los de la orquesta se pararon de repente y asaltaron el teatro, arrojando sus instrumentos. El valiente Villardo, que no los esperaba, tomándolos por aliados de los moros, arroja también la espada y escudo y emprende la carrera; los moros, al ver que tan terrible cristiano huía, no tuvieron inconveniente en imitarle: oyéndose gritos, ayes, imprecaciones, blasfemias, corre la gente, se atropella, se apagan luces, se lanzan al aire vasos de luz, etc.

- ¡Tulisanes!. ¡Tulisanes! –gritan unos.

- ¡Fuego!, ¡fuego!, ¡ladrones! –gritan otros; mujeres y niños lloran ruedan por el suelo bancos y espectadores en medio de la confusión, algarabía y tumulto.

¿Qué había pasado?.

Dos guardias civiles habían perseguido vara en mano a los músicos para suspender el espectáculo; el teniente mayor con los cuadrilleros, armados de sus viejos sables, los logran detener a pesar de su resistencia.

- ¡Conducidlos al tribunal! –gritaba D. Filipo- ¡cuidado con soltarlos!

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