Capítulo 37: Su Excelencia - Page 3 of 7

- ¡Ah! –exclamó en Capitán General-, permítame Ud., señorita, que le exprese el deseo de volverla a ver antes de dejar este pueblo: tengo aún que decirle cosas muy importantes. ¡Señor Alcalde, V.S. me acompañará durante el paseo, que quiero hacer a pie, después de la conferencia que tendré a solas con el señor Ibarra!.

- V.E. nos permitirá que le advirtamos –dijo el P. Salví-, humildemente, que el Sr Ibarra está excomulgado...

S.E. le interrumpió diciendo:

- Me alegra mucho no tener que deplorar más que el estado del P. Dámaso, a quien le deseo sinceramente una curación completa, porque a su edad un viaje a España por motivos de salud no debe ser muy agradable. Pero esto depende de él... y entre tanto, ¡que Dios les conserve la salud a V.V.R.R.!.

Unos y otros se retiraron.

- Y ¡tanto que depende de él! –murmura al salir el P. Salví.

- ¡Veremos quién hará más pronto el viaje! –añadió otro franciscano.

- ¡Me voy ahora mismo! –dice despechado el P. Sibyla.

- ¡Y nosotros a nuestra provincia! –dijeron los agustinos.

Unos y otros no podían sufrir que por culpa de un franciscano S.E. los haya recibido fríamente.

En la antesala se encontraron con Ibarra, su anfitrión de hace algunas horas. No se cambiaron ningún saludo pero sí miradas que decían muchas cosas.

El Alcalde, por el contrario, cuando ya los frailes habían desaparecido, le saludó y le tendió la mano familiarmente pero la llegada del ayudante que buscaba al joven no dio lugar a ninguna conversación.

En la puerta se encontró con María Clara: las miradas de ambos se dijeron también muchas cosas, pero bien diferentes de las que hablaron los ojos de los frailes.

Ibarra vestía de riguroso luto. Presentóse sereno y saludó profundamente, a pesar de que la visita de los frailes no le parecía de buen augurio.

El Capitán General se adelantó hacia él algunos pasos.

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