Capítulo 37: Su Excelencia - Page 2 of 7

- Yace en cama enfermo el servidor de V.E. –añade humildemente el P. Salví-; después de tener el placer de saludarle y enterarnos de la salud de V.E., como cumple a todos los buenos servidores del Rey y a toda persona de educación, veníamos también en nombre del respetuoso servidor de V.E. que tiene la desgracia...

- ¡Oh! –interrumpe el Capitán General haciendo girar una silla sobre un pie y sonriendo nerviosamente-, si todos los servidores de mi excelencia fuesen como su reverencia, el P. Dámaso, ¡preferiría servir yo mismo a mi excelencia!.

Las Reverencias que ya estaban parados corporalmente, se lo quedaron también en espíritu ante esta interrupción.

- ¡Tomen asiento V.V.R.R.! –añadió después de una breve pausa, dulcificando un poco su tono.

Capitán Tiago iba de frac y andaba de puntillas; conducía de la mano a María Clara, que entró vacilante y llena de timidez. No obstante hizo un gracioso y ceremonioso saludo.

- ¿Es la señorita hija de Ud.? –preguntó sorprendido el Capitán General.

- ¡Y de V.E., mi General! –contestó Capitán Tiago seriamente.

El Alcalde y los ayudantes abrieron los ojos, pero S.E., sin perder la gravedad, tendió la mano a la joven y le dijo afablemente:

- ¡Felices los padres que tienen hijas como Ud., señorita!, me han hablado de Ud. Con respeto y admiración... He deseado verla para darle las gracias por el hermoso acto que ha llevado a cabo este día. Estoy enterado de todo, y cuando escriba al Gobierno de S.M., no olvidaré su generoso comportamiento. Entre tanto, permítame Ud., señorita, que en nombre de S.M. el Rey que aquí represento y que ama la paz y tranquilidad de sus fieles súbditos, y en el mío, en el de un padre que también tiene hijas de su edad de Ud., le dé las más expresivas gracias y la proponga para una recompensa!.

- ¡Señor...! –contestó temblorosa María Clara.

S.E. adivinó lo que ella quería decir y repuso:

- Está muy bien, señorita, que Ud. se contente con su conciencia y con la estimación de sus conciudadanos: a fe que es el mejor premio y nosotros no debíamos pedir más. Pero no me prive Ud. de una hermosa ocasión para hacer ver que si la Justicia sabe castigar, también sabe premiar y que no siempre es ciega.

Todas las palabras en la letra cursiva han sido pronunciadas de un modo más significativo y en voz más alta.

- ¡El señor Don Juan Crisóstomo Ibarra aguarda las órdenes de V.E.! –dijo en voz alta un ayudante.

María Clara se estremeció.

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malambót ang ilóng