Capítulo 24: En El Bosque - Page 9 of 9

Y dicho esto le volvió las espaldas. El sargento se mordió los bigotes y considerando que eran la parte más débil, ordenó que buscasen en todas partes y entre los árboles al piloto cuyas señas traían en un pedazo de papel. D. Filipo le decía:

- Note Ud. que esas señas convienen a las nueve décimas partes de los naturales; ¡no vaya Ud. a dar un paso en falso!.

Al fin volvieron los soldados diciendo que no habían podido ver ni barca ni hombre alguno que infundiese sospechas: el sargento balbuceó algunas palabras y se marchó como vino: a la Guardia Civil.

La alegría volvió poco a poco a renacer, llovieron las preguntas y abundaron los comentarios.

- ¡Con que ése es el Elías que arrojó al alférez a un charco! –decía León pensativo.

- Y ¿cómo fue eso?, ¿cómo fue? –preguntaban algunos curiosos.

- Dicen que el mes de septiembre, un día muy lluvioso, se encontró el alférez con un hombre que venía cargando leña. La calle estaba muy encharcada y solamente en la orilla había un estrecho paso, transitable para una persona. Dicen que el alférez, en vez de detener su caballo, picó espuelas gritando al hombre que retrocediese: éste parecía que tenía pocas ganas de desandar lo andado por la carga que llevaba sobre el hombro, o no quería hundirse en el charco y siguió adelante. El alférez, irritado, le quiso atropellar, pero el hombre cogió un trozo de leña, dio al animal en la cabeza con tal fuerza que el caballo cayó depositando al jinete en el lodazal. Dicen también que el hombre siguió tranquilo su camino sin hacer caso de las cinco balas, que desde el charco le envió una tras otra el alférez, ciego de furia y de lodo. Como el hombre era enteramente desconocido para él, se supuso que era el célebre Elías, llegado a la provincia hacía algunos meses, venido sin saberse de dónde, y que se ha dado en conocer a los guardias civiles de algunos pueblos por hechos parecidos.

- ¿Es pues un tulisán? [25] –preguntó Victoria estremeciéndose.

- No lo creo, porque dicen que se ha batido una vez contra los tulisanes un día que éstos saqueaban una casa.

- ¡No tiene cara de malhechor! –añadió Sinang.

- No, sólo que su mirada es muy triste: no le he visto sonreír en toda la mañana –repuso pensativa María Clara.

Así pasó la tarde y vino la hora de volver al pueblo.

A los últimos rayos del sol moribundo salieron del bosque pasando en silencio cerca de la misteriosa tumba del antepasado de Ibarra. Después las alegres conversaciones volvieron a reanudarse vivas, llenas de calor, bajo las ramas aquéllas, poco acostumbradas a escuchar tantos acentos. Los árboles parecían tristes, las enredaderas se balanceaban como diciendo: “¡Adiós, juventud!. ¡Adiós, sueño de un día!”.

Y ahora, a la luz de las rojizas y gigantescas antorchas de caña y al són de las guitarras, dejémoslos en su camino hacia el pueblo. Los grupos disminuyen, las luces se apagan, el canto cesa, la guitarra enmudece a medida que se van acercando a las moradas de los hombres. ¡Poneos la máscara que estáis otra vez entre vuestros hermanos!.

[25] Bandolero, asaltacaminos.

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