Capítulo 24: En El Bosque - Page 2 of 9

- Pero tú tampoco lo verías y eso no está bien. Lo mejor es que si encontramos el nido, se lo regalemos al cura, así puede vigilarnos a nosotras sin tener necesidad de verle, ¿no te parece?.

- Yo no creo en los nidos de las garzas, contestaba otra voz; pero si alguna vez tuviese celos, ya sabría vigilar y hacerme invisible...

- ¿Y cómo?, ¿y cuándo?. ¿Acaso como una Sor escucha?.

Alegres carcajadas provocó este recuerdo de colegiala.

- ¡Ya sabes cómo se la engaña a la Sor Escucha!.

El P. Salvi vio desde su escondite a María Clara, a Victoria y a Sinang recorriendo el río. Las tres andaban con la vista en el espejo de las aguas, buscando el misterioso nido de la garza: iban mojadas hasta las rodillas, dejando adivinar los anchos pliegues de sus sayas de baño las graciosas curvas de sus piernas. Llevaban la cabellera suelta y los brazos desnudos y cubría el busto una camisa de anchas rayas y alegres colores. Las tres jóvenes a la vez que buscaban un imposible recogían flores y legumbres que crecían en la orilla.

El Acteón [21] religioso contemplaba pálido e inmóvil a aquella púdica Diana: sus ojos que brillaban en las oscuras órbitas no se cansaban de admirar aquellos blancos y bien modelados brazos, aquel cuello elegante con el comienzo del pecho; los diminutos y rozados pies que jugaban con el agua despertaban en su empobrecido ser extrañas sensaciones y hacían soñar en nuevas ideas a su ardiente cerebro.

Tras de un recodo del riachuelo, entre espesos cañaverales, desaparecieron aquellas dulces figuras y dejaron de oírse sus crueles alusiones. Ebrio, vacilante, cubierto de sudor, salió el P. Salví de su escondite y miró en torno suyo con ojos extraviados. Detúvose inmóvil, dudoso; dio algunos pasos como si tratase de seguir a las jóvenes, pero volvió y, andando po la orilla, trató de buscar el resto del al comitíva.

A alguna distancia de allí vio en medio del arroyo una especie de baño, bien cercado, cuyo techo lo formaba un frondoso cañaveral: de él salían alegres y femeniles acentos. Adornábanle hojas de palma, flores y banderolas. Más allá vio un puente de caña y a lo lejos a los hombres bañándose, mientras una multitud de criados y criadas bullían alrededor de improvisados kalanes, atareados en desplumar gallinas, lavar arroz, asar lechón, etc. Y allá en la orilla opuesta, en un claro que habían hecho, se reunían muchos hombres y mujeres bajo un techo de lona, colgado en parte de las ramas de los árboles seculares, en parte de estacas nuevamente levantadas. Allí estaban el alférez, el coadjutor, el gobernadorcillo, el teniente mayor, el maestro de escuela y muchos capitanes y tenientes pasados, hasta Capitán Basilio, el padre de Sinang, antiguo adversario del difunto D. Rafael en un viejo litigio. Ibarra le había dicho: “Discutimos un derecho y discutir no quiere decir ser enemigos”. Y el célebre orador de los conservadores aceptó con entusiasmo la invitación, enviando tres pavos y poniendo sus criados a disposición del joven.

El cura fue recibido con respeto y deferencia por todos, hasta por el alférez.

- Pero ¿de donde viene V.R.? –preguntóle éste al ver su cara llena de rasguños y su hábito cubierto de hojas y pedazos de ramas secas-. ¿Se ha caído V.R.?.

- ¡No, me he extraviado! –contestó P. Salví bajando los ojos para examinar su traje.

[21] En la mitología griega, cazador que observando a Diana bañándose en una fuente se convirtó en ciervo y fué devorado por sus propios perros.

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