Capítulo 20: La Junta En El Tribunal - Page 5 of 8

- ¡Ahora lo comprendo! –exclamó el anciano sin turbarse-. Celebrarían sus fiestas en vigilia y el Papa mandaría arrojar la comida al mar para no cometer un pecado. Pero, de todos modos, vuestro proyecto de fiesta es inadmisible, imposible, ¡es una locura!.

D. Filipo, combatido vivamente, tuvo que retirar su posición. Los conservadores más intransigentes, satisfechos de la derrota de su mayor enemigo, vieron sin inquietud levantarse un joven cabeza de barangay y pedir la palabra.

- Pido a V.V.S.S. me excusen si, joven como soy, me atrevo a hablar delante de tantas personas respetabilísimas, tanto por su edad como por la prudencia y el discernimiento con que en todos los asuntos juzgan, pero puesto que el elocuente orador, Capitán Basilio, ha invitado a todos a manifestar aquí sus opiniones, sirva su autorizada palabra de disculpa a la pequeñez de mi persona.

Los conservadores movían la cabeza satisfechos.

- ¡Este joven habla bien!. ¡Es modesto!. ¡Raciocina admirablemente! –se decían unos a otros.

- ¡Es lástima que no sepa bien gesticular! –observó Capitán Basilio-. ¡Pero ya se ve!, no ha estudiado a Cicerón y aún es muy joven.

- Si os presento, señores, un programa o proyecto –continuó el joven- no lo hago con el pensamiento de que lo encontrareis perfecto, ni lo aceptareis; quiero, al mismo tiempo que me someto a la voluntad de todos, probar a los ancianos que pensamos siempre como ellos, puesto que hacemos nuestras todas las ideas que tan elegantemente ha expresado Capitán Basilio.

- ¡Bien dicho, bien dicho! –decían los lisonjeados conservadores. Capitán Basilio hacía señas al joven para decirle cómo debía mover el brazo y poner el pie. El único que permanecía impasible era el gobernadorcillo, distraído o preocupado: ambas cosas lo parecía.

El joven prosiguió animándose:

- Mi proyecto, señores, se reduce a lo siguiente: inventar nuevos espectáculos que no sean los ordinarios y comunes que vemos cada día y procurar que el dinero recaudado no salga del pueblo, ni se gaste vanamente en pólvoras, sino que se emplee en alguna cosa de utilidad para todos.

- ¡Eso es!, ¡eso es! -asintieron los jóvenes-, eso queremos.

- ¡Muy bueno! –añadieron los viejos.

- ¿Qué sacamos nosotros de una semana de comedia que pide el teniente mayor?. ¿Qué aprendemos con los reyes de Bohemia y Granada, que mandan cortar la cabeza a sus hijas o las cargan en un cañón y luego el cañón se convierte en trono?. Ni somos reyes, ni somos bárbaros, ni tenemos cañones, y si les imitásemos nos ahorcarían en Bagumbayan. ¿Qué son esas princesas que se mezclan en las batallas, reparten tajos y mandobles, pelean con príncipes y vagan solas por montes y valles, como seducidas del Tikbálang? [27]. En nuestras costumbres amamos la dulzura y la ternura en la mujer y temeríamos estrechar unas manos de doncella, manchadas en sangre, aún cuando esta sangre fuese la de un moro o gigante; entre nosotros menospreciamos y tenemos por vil al hombre que levanta la mano sobre una mujer, ya sea príncipe, alférez o rudo campesino. ¿No sería mil veces mejor que representásemos la pintura de nuestras propias costumbres, para corregir nuestros vicios y defectos y ensalzar las buenas cualidades?.

- ¡Eso es!, ¡eso es! –repitieron sus partidarios.

- ¡Tiene razón! –murmuraron pensativos algunos viejos.

- ¡En eso no había yo pensado jamás! -murmuró Capitán Basilio.

- Pero, ¿cómo vais a hacer eso? –le objetó el intransigente.

[27] Mal espíritu que se suele aparecerse en forma de gigante negro, el 'coco' de los niños tagalos.
Todos esos escenarios que rechaza el joven capitán de barrio en su discurso se representaban comunmente en las obras de teatro de aquel entonces. Cada época tiene sus culebrones...

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salamíng-babasagín