Capítulo 20: La Junta En El Tribunal - Page 2 of 8

Momentos después entró el gobernadorcillo con el rostro disgustado: era el mismo que habíamos visto ayer llevando una arroba de velas. A su entrada cesaron los murmullos, cada cual tomó asiento, reinando poco a poco el silencio.

Sentóse el capitán en el sillón colocado debajo del retrato de Su Majestad, tosió cuatro o cinco veces, pasóse las manos por la cabeza y la cara, puso los codos sobre la mesa, los retiró, volvió a toser y así sucesivamente.

- ¡Señores! –repuso al fin con voz desfallecida-, me he atrevido a convocaros a todos para esta junta... ¡ejem!, ¡ejem!... tenemos que celebrar la fiesta de nuestro patrón S. Diego, el 12 de este mes... ¡ejem!, ¡ejem!, hoy estamos a dos... ¡ejem!, ¡ejem!.

Y aquí le atacó una tos pausada y seca que le redujo al silencio. Levantóse entonces del banco de los viejos un hombre de unos cuarenta años, de aspecto arrogante. Era el rico Capitán Basilio, contrario del difunto D. Rafael, un hombre que pretendía que desde la muerte de Sto. Tomás de Aquino el mundo no había dado un paso hacia delante, y que desde que él dejó S. Juan de Letrán, [22] la Humanidad empezó a retroceder.

- Permítanme V.V.S.S. que tome la palabra en un asunto tan interesante –dijo-. Hablo el primero, si bien otros de los aquí están presentes tienen más derecho que yo, pero hablo el primero porque me parece que en estas cosas el hablar el primero no significa que sea uno el primero, así como hablar el último no significa tampoco que no sea uno el último. Además, las cosas que tendré que decir son de una importancia tal que no son para dejarlas ni dichas al último, y por eso quisiera hablar el primero para darle su tono correspondiente. Me permitirán pues V.V.S.S. que hable el primero en esta junta donde veo muy notabilísimas personas como el Señor Capitán actual, el Capitán pasado, mi distinguido amigo D. Valentín, el Capitán pasado, mi amigo de la infancia D. Julio, nuestro célebre Capitán de cuadrilleros, D. Melchor y tantas otras señorías más, que para ser breve no quiero mentar, que V.V.S.S. ven aquí presentes. Suplico a V.V.S.S. que me permitan el uso de la palabra antes que otro alguno hable. ¿Tendría yo la fortuna de que la Junta accediese a mi humilde ruego?.

Y el orador se inclinó respetuosamente medio sonriendo.

- ¡Ya podéis hablar que os escuchamos con ansia! –dijeron los amigos aludidos y otras personas que le tenían por un gran orador: los ancianos tosían con satisfacción y se frotaban las manos.

Capitán Basilio, después de limpiarse el sudor con su pañuelo de seda, prosiguió:

- Ya que V.V.S.S. han sido tan amables y tan complacientes con mi humilde persona, concediéndome el uso de la palabra antes que a otro cualquiera de los aquí presentes, me aprovecharé de este permiso, tan generosamente concedido, y voy a hablar. Me imagino con mi imaginación de que me encuentro en medio del respetabilísimo Senado romano, senatus populusque romanus [23] que decíamos en aquellos hermosos tiempos, que fatalmente para la Humanidad no volverán ya, y pediré a los Patres Conscripti [24] que diría el sabio Cicerón si estuviera en mi lugar, pediré, puesto que nos falta tiempo, y el tiempo es oro como decía Salomón, que en esta importante cuestión cada uno exponga su parecer clara, breve y sencillamente. He dicho.

Y satisfecho de sí mismo y de la atención de la sala, el orador se sentó no sin dirigir una mirada de superioridad a Ibarra que estaba sentado en un rincón y otra de mucha significación a sus amigos como diciéndoles: “¡Ha!. ¿He hablado bien?, ¡ah!”.

Sus amigos reflejaron también ambas miradas, dirigiéndose hacia los jóvenes como para matarlos de envidia.

- Ahora puede hablar el que quiera que ¡ejem!, -repuso el gobernadorcillo sin poder acabar su frase... la tos y los suspiros le volvieron a atacar.

[22] Colegio de dominicos en Manila, una de las instituciones de enseñanza más antiguas en las islas.

[23] El senado y pueblo romanos, cuyas siglas SPQR inscritas en todos los edificios y monumentos públicos desde el Atlántico al mar Caspio y desde el Rhin hasta el Sahara eran símbolo ubícuo del poderío del imperio romano.

[24] Literalmente 'padres designados,' senadores elegidos.

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