Capítulo 23: Un Cadaver - Page 2 of 5

En aquella noche, mientras representaban Les Cloches deCorneville, Basilio estudiaba delante de una vieja mesa, á la luzde una lámpara de aceite, cuya pantalla de cristal opaco sumíaen media claridad su melancólico semblante. Una vieja calavera,algunos huesos humanos, y unos cuantos volúmenes cuidadosa-mente ordenados se veían cubriendo la mesa, donde habíaademas una palangana de agua con una esponja. Un olor á opioque se escapaba del vecino aposento, hacía pesada la atmósferay le daba sueño, pero el joven se resistía mojándose de tiempoen tiempo las sienes y los ojos, dispuesto á no dormir hastaconcluir con el volumen. Era un tomo de la Medicina Legal yToxicología del Dr. Mata, obra que le habían prestado y debíadevolver al dueño cuanto antes. El catedrático no quería esplicar menos que por aquel autor y Basilio no tenía dinero bas-tante para comprarse la obra, pues, con el pretesto de queestaba prohibida por la censura de Manila y había que sobor-nar á muchos empleados para introducirla, los libreros pedíanelevados precios. Tan absorto estaba el joven en sus estudiosque ni siquiera se había ocupado de unos folletos que leenviaron de fuera, sin saber de donde, folletos que se ocupabande Filipinas, entre los cuales figuraban los que más llamabanlá atencion en aquella época por la manera dura é insultantecon que trataban á los hijos del país. Basilio no tenía tiemposuficiente para abrirlos, acaso le detuviera tambien el pensa-miento de que no es nada agradable recibir un insulto 6 unaprovocacion y no tener medios de defenderse ó contestar. Lacensura, en efecto, permitía los insultos á los filipinos pero lesprohibía á estos la réplica.

En medio del silencio que reinaba en la casa, turbado solopor alguno que otro debil ronquido que partía del vecinoaposento, Basilio oy4 pasos ligeros en las escaleras, pasos quecruzaron despaes la caida dirigiéndose á donde él estaba.Levantó la cabeza, vió abrirse la puerta y con gran sorpresasuya, aparecer la figura sombría del joyero Simoun.

Desde la escena de San Diego Simoun no había vuelto á verni al joven ni á Capitan Tiago.

—Cómo está el enfermo? preguntó echando una rápidaojeada por el cuarto y fijándose en los folletos que menciona-mos cuyas hojas aun no estaban cortadas.

—Los latidos del corazon, imperceptibles... pulso muydebil... apetito, perdido por completo, repuso Basilio consonrisa triste y en voz baja; suda profusamente á la madru-

bo-ada..•

Y viendo que Simoun, por la direccion de la cara, se fijaba

en los dichos folletos y temiendo volviese á reanudar el asuntode que hablaron en el bosque, continuó:

— El organismo está saturado de veneno; de un día á otropuede morir como herido del rayo... la causa más pequeña,un nada, una excitacion le puede matar...

—¡Como Filipinas! observó lúgubremente Simoun.Basilio no pudo reprimir un gesto y, decidido á no resuscitarel asunto, prosiguió como si nada hubiese oido :

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kalamayin ang loób