Capítulo 60: María Clara Se Casa - Page 8 of 9

- ¡Junto al cadáver de mi madre juré hacerte feliz, sea cual fuere mi destino!. Pudiste faltar a tu juramento, ella no era tu madre; pero yo, yo que soy su hijo, tengo su memoria por sagrada, y a través de mil peligros he venido aquí a cumplir con el mío, y la casualidad permite que te hable a ti misma. María, no nos volveremos a ver; eres joven y acaso algún día tu conciencia te acuse... vengo a decirte, antes de partir, que te perdono. Ahora ¡sé feliz y adiós!.

Ibarra trató de alejarse, pero la joven le detuvo.

- ¡Crisóstomo! –dijo-, Dios te ha enviado para salvarme de la desesperación... ¡óyeme y júzgame!

Ibarra quiso deshacerse dulcemente de ella.

- No he venido a pedirte cuenta... he venido para darte tranquilidad.

- No quiero esa tranquilidad que me regalas; la tranquilidad me la daré yo misma. ¡Tú me desprecias y tu desprecio me hará amarga hasta la muerte!

Ibarra vio la desesperación y el dolor de la pobre mujer, y le preguntó que deseaba.

- ¡Qué creas que te he amado siempre!.

Crisóstomo sonrió con amargura.

- ¡Ah!, tú dudas de mí, dudas de la amiga de tu infancia, que jamás te ha ocultado un solo pensamiento! –exclamó con dolor la joven-. ¡Te comprendo!. Cuando sepas mi historia, la triste historia que me develaron durante mi enfermedad, te compadecerás de mí y no tendrás esa sonrisa para mi dolor. ¿Por qué no has dejado que me muriese en manos de mi ignorante médico?. ¡Tú y yo habríamos sido más felices!.

María Clara descansó un momento y continuó:

- ¡Tú lo has querido, tú has dudado de mí, que mi madre me perdone!. En una de las dolorosas noches de mis padecimientos, un hombre me reveló el nombre de mi verdadero padre, y me prohibió tu amor... ¡a no ser que mi padre mismo te perdonara el agravio que le has inferido!.

Ibarra retrocedió y miró espantado a la joven.

- Si –continuó ella-, el hombre me dijo que no podía permitir nuestra unión, pues su conciencia se lo prohibiría, y se vería obligado a publicarlo, a riesgo de causar un grande escándalo, porque mi padre es...

Y murmuró al oído del joven un nombre en voz tan baja que sólo él lo oyó.

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humanap ng hirap ng katawán