Capítulo 60: María Clara Se Casa - Page 5 of 9

Fr. Sibyla le mira rápidamente de pies a cabeza y le vuelve las espaldas por completo.

- ¿Se sabe ya de cierto qué va a ser del cabecilla, del filibusterillo? –preguntó un empleado.

- ¿Habla Ud. de Crisóstomo Ibarra? –preguntó otro-. Lo más probable y más justo es que sea ahorcado como los del 72. [37]

- ¡Va desterrado! –dice secamente el viejo teniente.

- ¡Desterrado!. ¡Nada más que desterrado!. ¡Pero será un destierro perpetuo! –exclaman varios a la vez.

- Si ese joven –prosiguió el teniente Guevara en voz alta y severa- hubiese sido más precavido; si hubiera confiado menos en ciertas personas, con quienes se escribe; si nuestros fiscales no supiesen interpretar demasiado sutilmente lo escrito, ese joven de seguro que habría salido absuelto.

Esta declaración del viejo teniente y el tono de su voz produjeron una gran sorpresa en el auditorio, que no supo qué decir. El P.Salví miró a otra parte, quizás para no ver la mirada sombría que le dirigía el anciano. María Clara dejó caer las flores y se quedó inmóvil. El P. Sibyla, que sabía callar, parecía también que era el único que sabía preguntar.

- ¿Habla Ud. de cartas, Sr. Guevara?.

- Hablo de lo que me dijo el defensor, que ha tomado la causa con celo e interés. Fuera de algunas ambiguas líneas, que este joven escribió a una mujer antes de partir para Europa, líneas en que el fiscal vio el proyecto y una amenaza contra el Gobierno, y que él reconoció como suyas, no se le podía encontrar por dónde acusarle.

- Y ¿la declaración del bandido antes de morir?.

- El defensor la anuló, pues, según el bandido mismo, ellos jamás se habían comunicado con el joven, sino sólo con un tal Lucas, que era enemigo suyo según se pudo probar, y que se ha suicidado, acaso por los remordimientos. Se probó que los papeles encontrados en poder del cadáver eran falsificados, pues la letra era igual a la que tenía el Sr. Ibarra hace siete años, pero no a la de ahora, lo que hace suponer que el modelo sea esta carta acusadora. Aún más, el defensor decía que si el Sr. Ibarra no hubiera querido reconocer la carta, mucho se habría podido hacer por él; pero a su vista se puso pálido, perdió el ánimo y ratificó cuanto en ella había escrito.

- Decía Ud. –preguntó un franciscano- que iba dirigida la carta a una mujer, ¿cómo llegó a manos del fiscal?.

El teniente no respondió; miró un momento al P. Salví, y se alejó, retorciendo nerviosamente la afilada punta de su barba gris, mientras los otros hacían comentarios.

- ¡Allí se ve la mano de Dios! –decía uno-, hasta las mujeres le tienen odio.

[37] Otra alusión al traumático episodio seminal del motín de Cavite en 1872. Ver nota 15 más arriba.

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malamíg ang kamáy