Capítulo 60: María Clara Se Casa - Page 4 of 9

Allí están la mayor parte de nuestros conocidos: el P. Sibyla, el P. Salví entre varios franciscanos y dominicos; el viejo teniente de la Guardia Civil, Sr. Guevara, más sombrío que antes; el alférez, que cuenta por milésima vez su batalla, mirando por encima de sus hombros a todos, creyéndose un D. Juan de Austria; ahora es teniente con grado de comandante; De Espadaña, que le mira con respeto y temor y esquiva sus miradas, y Dª. Victorina despechada. Linares no había llegado aún, pues, como personaje importante, debía llegar más tarde que los otros: hay seres tan cándidos que con una hora de atraso en todo se quedan grandes hombres.

En el grupo de las mujeres era María Clara el objeto de la murmuración: la joven las había saludado y recibido ceremoniosamente, sin perder su aire de tristeza.

- ¡Psh! –decía una joven-, orgullosita.

- Bonitilla –contestaba otra-, pero él podía haber escogido otra que tuviese menos cara de tonta.

- El oro, chica; el buen mozo se vende.

En otra parte se decía:

- ¡Casarse cuando el primer novio está para ser ahorcado!.

- A eso llamo ser prudente: tener a mano un reemplazo.

- Pues, cuando enviude...

Estas conversaciones las oía quizás la joven, que estaba sentada en una silla, arreglando una bandeja de flores, porque se le veía la mano temblar, palidecer y morderse varias veces los labios.

En el círculo de los hombres, la conversación era en voz alta, y, naturalmente, versaba sobre los últimos acontecimientos. Todos hablaban, hasta D. Tiburcio, menos el P. Sibyla que guardaba su desdeñoso silencio.

- ¿He oído decir que deja V.R. el pueblo, P. Salví? –pregunta el nuevo teniente, a quién ha hecho más amable su nueva estrella.

- Nada tengo que hacer ya en él; me he de fijar para siempre en Manila... y ¿Ud.?.

- Dejo también el pueblo –contestó estirándose-, el gobierno me necesita para que con una columna volante desinfecte las provincias de filibusteros.

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