Capítulo 23: La Pesca - Page 8 of 9

- ¡No tengáis cuidado, señoras –les decía el viejo barquero-; si hay en toda la provincia uno que lo puede hacer, ése es él.

- ¿Cómo se llama ese joven? –preguntaron.

- Nosotros le llamamos el Piloto, es el mejor que he visto; sólo que no ama el oficio.

El agua se movía, el agua se agitaba: parecía que en el fondo se trababa en lucha; vacilaba el cerco. Todos callaban, contenían la respiración. Ibarra apretaba con mano convulsiva el puño del agudo cuchillo.

La lucha pareció terminarse. Asomose por encima la cabeza del joven, que fue saludado con gritos alegres: los ojos de las mujeres estaban llenos de lágrimas. El piloto trepó llevando en la mano el extremo de la cuerda, y una vez en la plataforma tiró de ella. El monstruo apareció: tenía la soga atada en forma de doble banda por el cuello y debajo de las extremidades anteriores. Era grande, como ya lo había anunciado León; pintado, y sobre sus espaldas crecía verde musgo, que es a los caimanes lo que las canas a los hombres. Mugía como un buey, azotaba con la cola las paredes de caña, se agarraba de ellas y abría la negra y tremenda fauce descubriendo sus largos colmillos.

El piloto lo izaba solo: nadie se acordaba de ayudarle. Fuera ya del agua y colocado sobre la plataforma, púsole el pie encima, con robusta mano cerró sus descomunales mandíbulas y trató de atarle el hocico con fuertes nudos. El reptil tentó un último esfuerzo, arqueó el cuerpo, batió el suelo con la potente cola y, escapándose, se lanzó de un salto al lago, fuera del corral, arrastrando a su domador. El piloto era hombre muerto; un grito de horror se escapó de todos los pechos. Rápido como un rayo, cayó otro cuerpo al agua; apenas tuvieron tiempo de ver que era Ibarra. María Clara no se desmayó porque las filipinas no saben aún desmayarse.

Vieron colorearse las olas, teñirse en sangre. El joven pescador saltó al abismo con su bolo en la mano, su padre le siguió: pero apenas desaparecían, cuando vieron a Crisóstomo y al piloto reaparecer agarrados al cadáver del reptil. Este tenía todo el blanco vientre rasgado y en la garganta clavado el cuchillo.

Imposible es describir la alegría: mil brazos se tendieron para sacarlos del agua. Las viejas estaban medio locas y reían y rezaban. Andeng olvidó que su sinigang había hervido tres veces: todo el caldo se derramó y apagó el fuego. La única que no podía hablar era María Clara.

Ibarra estaba ileso; un ligero rasguño tenía el piloto en el brazo.

- ¡Os debo la vida! –dijo a Ibarr

que se envolvía en mantas de lana y tapices.

La voz del piloto tenía un timbre como de pesar.

- Sois demasiado intrépido –contestó Ibarra-, otra vez no tentaréis a Dios.

- ¡Si no volvías...! –murmuró María Clara pálida y temblando aún.

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