Capítulo 23: La Pesca - Page 4 of 9

Las jóvenes que oían estas cosas se guiñaban y sonreían, las demás tenían sus propias conversaciones y no hacían caso. Sólo un hombre, el que hacía el oficio de piloto, permanecía silencioso y ajeno a toda aquella alegría. Era un joven de formas atléticas y de una fisonomía interesante por sus grandes ojos tristes y el severo dibujo de sus labios. Los cabellos negros, largos y descuidados, caían sobre su robusto cuello; una camisa de tela basta y oscura dejaba adivinar al través de sus pliegues los poderosos músculos que contribuían con sus nervudos y desnudos brazos a manejar, como una pluma, un ancho y descomunal remo, que le servía de timón para guiar las dos barcas.

María Clara le había sorprendido más de una vez observándola: él entonces volvía rápidamente la vista a otra parte y miraba a lo lejos, al monte, a la orilla. Compadecióse la joven de su soledad y cogiendo unas galletas se las ofreció. El piloto la miró con cierta sorpresa, pero esta mirada sólo duró un segundo; tomó una galleta y dio las gracias brevemente y en voz apenas perceptible. Y nadie volvió a acordarse de él. Las alegres risas y las ocurrencias de los jóvenes no contraían ningún músculo de su rostro; no le hacía sonreír la alegre Sinang recibiendo pellizcos que la obligaban a fruncir las cejas un instante para volver otra vez a su alegría como antes.

Concluido el desayuno, continuaron la excursión hacia los corrales de pesca. Estos eran dos, colocados a cierta distancia uno del otro: ambos pertenecían a Capitán Tiago. Desde lejos veíanse garzas posadas sobre las puntas de las cañas del cercado, en actitud contemplativa, mientras algunas aves blancas, que los tagalos llaman kalauay, volaban en distintas direcciones, rozando con sus alas la superficie del lago y llenando el aire de estridentes graznidos.

María Clara siguió con la vista a las garzas que, al aproximarse las barcas, echáronse a volar en dirección hacia el vecino monte.

- ¿Anidan esas aves en el monte? –preguntó ella al piloto, acaso más que para saberlo, para hacerle hablar.

- Probablemente, señora -contestó-, pero nadie hasta ahora ha visto sus nidos.

- ¿No tienen nidos esas aves?.

- Supongo que deben tenerlos, pues si no, serían muy desgraciadas.

María Clara no notó el acento de tristeza con que pronunció el piloto estas palabras.

- ¿Entonces?.

-Dicen, señora –contestó el joven-, que los nidos de esas aves son invisibles y poseen la cualidad de hacer invisible al que los tenga en su poder; y, como el alma que sólo se ve en el terso espejo de los ojos, es también en el espejo de las aguas donde únicamente estos nidos se dejan contemplar.

María Clara se puso pensativa. Entretanto habían llegado al baklad: [11] el viejo barquero ató las embarcaciones a una caña.

- ¡Espera! –dijo tía Isabel al hijo del viejo que se preparaba a subir provisto de su panalok, o sea, la caña con la bolsa de red-, es menester que esté dispuesto el sinigang [12] para que los peces pasen del agua al caldo.

- ¡Buena tía Isabel! –exclamó el seminarista-, no quiere que el pez pueda echar de menos ni un momento el agua.

[11] Corral de pesca muy común en aguas del sureste de Asia donde se crian peces. Predata la llegada de los occidentales a esta parte del globo que es donde el hombre empezó a dejar de ser cazador neolítico en el mar para hacerse civilizado 'labrador' marino, un estilo de explotación que por fin empieza a extenderse en Europa y América. El baklad es un cerco de cañas de bambú y burí, hoy dia se completa con mallas de red, y tiene una entrada diseñada en forma de embudo hacia adentro para que los peces puedan entrar pero no salir.

[12] 'Sinigang' es una sopa que se acidula de diversas maneras, con hojas de alibangbang, o la fruta del tamarindo (Rizal renglones más adelante lo llamará por su nombre en tagalog, 'kamias') por citar sólo dos plantas leguminosas que se usan para ese efecto; suele llevar verduras variadas y pescado de agua dulce o carnes. La tia Isabel es de gusto muy refinado y prefiere tener preparado el caldo antes incluso de pescar los peces que irán a la sopa.

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maipagtawíd-buhay