Capítulo 7: Simoun - Page 4 of 7

Simoun se detuvo y se pasó la mano por la frente. La lunase levantaba y enviaba su debil claridad de luna menguanteal través de las ramas. C.'n los cabellos blancos y las faccionesduras, iluminadas de abajo arriba por la luz de la lámpara,parecía el joyero el espíritu fatídico del bosque meditandeoalgo siniestro. Basilio, silencioso ante tan duros reproches,escuchaba con la cabeza baja. Simoun continuó :

— Yo he visto iniciarse ese movimiento y he pasado nochesenteras de augustia porque comprendía que entre esa j uven-tud había inteligencias y corazones escepcionales sacrificán-dose por una causa que creían buena, cuando en realidadtrabajaban contra su país... Cuantas veces he queridodirigirme á vosotros, desenmascararme y desengañaros, peroen vista de la fama quc disfruto, mis palabras se habríaninterpretado mal y acaso habrían tenido efecto contraprodu-cente... Cuantas veces he querido acercarme á vuestro Maka-raig, á vuestro Isagani; á veces pensé en su muerte, quisedestruirlos

Detúvose Simoun.

— Hé aquí la razon por qué le dejo á usted vivir, Basilio,y me expongo á que por una imprudencia cualquiera medelate un día... Usted sabe quien soy, sabe lo mucho que hedebido sufrir, cree en mí ; usted no es el vulgo que ve en eljoyero Simoun al traficante que impulsa á las autoridades áque cometan abusos para que los agraviados le comprenalhajas... Yo soy el Juez que quiero castigar á un sistemavaliéndome de sus propios crímenes, hacerle la guerra hala-gándole... Necesito que usted me ayude, que use de suinfluencia en la juventud para combatir esos insensatos deseosde españolismo, de asimilacion, de igualdad de derechos...Por ese camino se llega á lo más á ser mala copia, y elpueblo debe mirar más alto ! Locura es tratar de influir enla manera de pensar de los gobernantes; tienen su plantrazado, tienen la venda puesta, y, sobre perder el tiempoinutilmente, engañais al pueblo con vanas esperanzas y con-tribuís á doblar su cuello ante el tirano. Lo que debeis haceres aprovecharos de sus preocupaciones para aplicarlas ávuestra utilidad. No quieren asimilaros al pueblo español?Pues, enhorabuena! distinguíos entonces delineando vuestropropio caracter, tratad de fundar los cimientos de la patriafilipina.. ¿No quieren daros esperanzas? Enhorabuena! noespereis en él, esperad en vosotros y trabajad. Os nieganla representacion en sus Cortes? Tanto mejor! Aun cuandoconsigais enviar diputados elegidos á vuestro gusto, ¿qué vais áhacer en ellas sino ahogaros entre tantas voces y sancionarcon vuestra presencia los abusos y faltas que despues se come-tan? Mientras menos derechos reconozcan en vosotros, mástendreis despues para sacudir el yugo y devolverles mal pormal. Si no quieren enseñares su idioma, cultivad el vuestroestendedlo, conservad al pueblo su propio pensamiento, y envez de tener aspiraciones de provincia, tenedlas de nacion,en vez de pensamientos subordinados, pensamientos indepen-dientes, á fin de que ni por los derechos, ni por las costumbres,ni por el lenguaje el español se considere aquí como en sucasa, ni sea considerado por el pueblo como nacional, sinosiempre como invasor, como estrangero, y tarde ó tempranotendreis vuestra libertad. Hé aquí por qué quiero que usted viva!

Basilio respiró como si un gran peso se le hubiese quitadode encima y respondió despues de una breve pausa :

— Señor, el honor que usted me hace confiándome susplanes es demasiado grande para que yo no le sea franco yle diga que lo que me exige está por encima de mis fuerzasYo no hago política, y si he firmado la peticion para la ense-ñanza del castellano ha sido porque en ello veía un bien paralos estudió:- y nada más. Mi destino es otro, mi aspiracionse reduce á aliviar las dolencias físicas de mis conciudadanos.

El joyero se sonrió.

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