Capítulo 12: Placido Penitente - Page 7 of 7

—Sí, sí, que la lee á veces. Despues, despues ! Ademas...yo no quiero ir en contra de Makaraig.

—Pero si no es ir en contra, es solamente...

Plácido ya no oía, ya estaba lejos y andaba de prisa diri-giéndose á su clase. Oyó diferentes adsum! adsum! carambas,se leía la lista!.. apretó los pasos y llegó precisamente á lapuerta cuando estaban en la letra Q.

— iTinamdan ng...! murmuró mordiéndose los labios.

Vaciló sobre si entrar 6 no : la raya ya estaba puesta y nose la iban á borrar. A la clase no se va para aprender sinopara no tener la raya; la clase se reducía á hacer decir la leccionde memoria, leer el libro y, cuando más, á una que otra pregun-tita abstracta, profunda, capciosa, enigmática; es verdad queno falta el sermoncito — el de siempre! — sobre la humildad,la sumission, el respeto á los religiosos y él, Plácido, erahumilde, sumiso y respetuoso. Iba á marcharse ya pero seacordó de que los exámenes se acercaban y su profesor no lehabía preguntado todavía ni parecía haberse fijado en él :buena ocasion era aquella para llamar la atencion y ser cono-cido! Ser conocido es tener el año ganado, pues, si no cuestanada suspender á uno que no se conoce, se necesita tener duroel corazon para no impresionarse ante la vista de un joven quecon su presencia reprocha diariamente la pérdida de un añode su vida.

Plácido entró pues y no sobre la punta de los piés como solíahacer, sino metiendo ruido con sus tacones. Y¡demasiado con-siguió su intento ! El catedrático le miró, frunció las cejas yagitó la cabeza como diciendo :

— ¡Insolentillo, ya me las pagarás!

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balót sa putí