Capítulo 10: Riqueza Y Miseria - Page 6 of 8

—Y ¿usted, no tiene nada que vender? preguntó Simoun áCabesang Tales, viéndole mirar con ojos codiciosos todas lasventas y cambios que se hacian.

Cabesang Tales dijo que las alhajas de su hija habían sidovendidas y las que quedaban no valían nada.

—el relicario de Maria Clara? preguntó Sinang.

—Es verdad ! exclamó el hombre, y un momento sus ojosbrillaron.

—Es un relicario con brillantes y esmeraldas, dijo Sinangal joyero; mi amiga lo usaba antes de entrar de monja.

Simoun no contestó : seguía ansioso con la vista á CabesangTales.

Despues de abrir varios cajones dió con la alhaja. Contem-plólo Simoun detenidamente, lo abrió y lo cerró repetidasveces : era el mismo relicario que Maria Clara llevaba en lafiesta de San Diego y que en un movimiento de compasion habíadado á un lazarino.

—Me gusta la forma, dijo Simoun, ¿cuánto quiere ustedpor ella?

Cabesang Tales se rascó la cabeza perplejo, despues la orejay miró á las mujeres.

—Tengo un capricho por ese relicario, repitió Simoun;quiere usted ciento... quinientos pesos? Quiere usted cambiarlacon otro? Escoja usted lo que quiera!

Cabesang Tales estaba silencioso, y miraba embobado áSimoun como si dudase de lo que oía.

—Quinientos pesos? murmuró.

—Quinientos, repetió el joyero con voz alterada.

Cabesang Tales cogió el relicario y le dió varias vueltas : sus.sienes le latían violentamente, sus manos temblaban. Sipidiese él más? aquel relicario les podría salvar; era excelenteocasion aquella, y no se volvería á presentar otra.

Todas las mujeres le guiñaban para que lo vendiese menosla Penchang que temiendo rescatasen á Juli observó devota-miente :

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litáw na tao