Epílogo - Page 4 of 4

Al día siguiente, cuando despejado el cielo de oscuras nubes, el sol brilló de nuevo en medio del éter purificado, un coche se detenía a la puerta del convento de Sta. Clara y descendía de él un hombre, que se dio a conocer como representante de la Autoridad y pidió hablar inmediatamente con la abadesa y ver a todas las monjas.

Cuéntase que apareció una con el hábito todo mojado, hecho jirones y pidió llorando el amparo del hombre contra las violencias de la hipocresía y delatando horrores. Cuéntase también que ella era hermosísima, que tenía los más bellos y expresivos ojos que jamás se hayan visto.

El representante de la Autoridad no la acogió: parlamentó con la abadesa y la abandonó a pesar de sus ruegos y lágrimas. La joven monja vio cerrarse la puerta detrás del hombre, como el condenado vería cerrarse para él las puertas del cielo, si alguna vez el cielo llegaba a ser tan cruel e insensible como los hombres. La abadesa decía que era una loca.

El hombre no sabría tal vez que en Manila hay un hospicio para dementes, o acaso juzgaría que el convento de monjas era sólo un asilo de locas, aunque se pretende que el hombre aquel era bastante ignorante, sobre todo para poder decidir cuándo una persona está en su sano juicio. O no.

Cuéntase también, que el General S.J...., [10] pensó de otra manera, cuando el hecho llegó a sus oídos; quiso proteger a la loca y la pidió. Pero esta vez no apareció ninguna hermosa y desamparada joven, y la abadesa no permitió que se visitase el claustro, invocando para ello el nombre de la Religión y de los Santos Estrados.

Del hecho no se volvió a hablar más, como tampoco de la infeliz María Clara.

Fin de la narración

Berlín, 21 de Febrero 1887

[10] Probablemente el Gobernador General Joaquín Jovelar y Soler.

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