Capítulo 61: La Caza En El Lago - Page 5 of 5

- ¿Sabéis guiar una barca? –preguntó a Ibarra.

- Sí; ¿por qué?.

- Porque estamos perdidos si no salto al agua y les hago perder la pista. Ellos me perseguirán, yo nado y buceo bien... yo los alejaré de vos, y después procuráis salvaros.

- ¡No, quedaos y vendamos caras nuestras vidas!.

- Inútil, no tenemos armas, y con sus fusiles nos matarán como pajaritos.

En aquel momento se oyó un chiss en el agua como la caída de un cuerpo caliente, seguido inmediatamente de una detonación.

- ¿Veis? –dijo Elías poniendo el remo en la barca-. Nos veremos en Nochebuena en la tumba de vuestro abuelo. ¡Salvaos!.

- Y ¿vos?.

- Dios me ha sacado de mayores peligros.

Elías se quitó la camisa, una bala la rasgó de sus manos y dos detonaciones se dejaron oír. Sin turbarse, estrechó la mano de Ibarra, que continuaba tendido en el fondo de la barca, se levantó y saltó al agua, empujando con el pie la pequeña embarcación.

Oyéronse varios gritos, y pronto a alguna distancia apareció la cabeza del joven como para respirar, ocultándose al instante.

- ¡Allá, allá está! –gritaron varias voces y silbaron de nuevo las balas.

La falúa y la barca pusiéronse en su persecución: una ligera estela señalaba su paso, alejándose cada vez más de la barca de Ibarra, que bogaba como si estuviera abandonada. Cada vez que el nadador sacaba la cabeza para respirar, disparaban sobre él guardias civiles y falueros.

La caza duraba; la barquilla de Ibarra estaba ya lejos, el nadador se aproximaba a la orilla, distante una cincuentas brazas. Los remeros estaban ya cansados, pero Elías lo estaba también, pues sacaba la cabeza a menudo y cada vez en distinta dirección, como para desconcertar a sus perseguidores. Ya no señalaba la traidora estela el paso del buzo. Por última vez le vieron cerca de la orilla a una diez brazas, hicieron fuego... después pasaron minutos y minutos; nada volvió a aparecer sobre la superficie tranquila y desierta del lago.

Media hora después, un remero pretendía descubrir en el agua, cerca de la orilla, señales de sangre, pero sus compañeros sacudían la cabeza con un aire que tanto quería decir sí como no.

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namámaná sa dilím