Capítulo 49: La Voz De Los Perseguidos - Page 4 of 5

- Eso, señor, cuando el Gobierno está en guerra con el país; pero para bien del Gobierno, no debemos hacer creer al pueblo de que está en oposición contra el Poder. Mas, si así fuese, si preferimos la fuerza al prestigio, debíamos mirar bien a quién damos esta fuerza ilimitada, esta autoridad. Tanta fuerza en manos de hombres, y hombres ignorantes, llenos de pasiones, sin educación moral, sin honradez probada, es un arma en manos de un loco entre una multitud inerme. Concedo y quiero creer con vos que el Gobierno necesita este brazo, pues que escoja bien su brazo, que escoja los más dignos; y puesto que prefiere darse autoridad a que el pueblo se la conceda, al menos que haga ver que sabe dársela.

Elías hablaba con pasión, con entusiasmo; sus ojos brillaban y el timbre de su voz resonaba vibrante. Siguió una solemne pausa: la barca, no impelida por el remo, parecía mantenerse tranquila sobre las aguas; la luna resplandecía majestuosa en un cielo zafir; algunas luces brillaban a lo lejos en la ribera.

- Y ¿qué más piden?, -preguntó Ibarra.

- Reformas del sacerdocio –respondió con voz desalentada y triste Elías-; los desgraciados piden más protección contra...

- ¿Contra las Órdenes religiosas?.

- Contra sus opresores, señor.

- ¿Habrá olvidado Filipinas lo que a estas Órdenes debe?, ¿habrá olvidado la inmensa deuda de gratitud a los que los han sacado del error para darles fe, a los que los han amparado contra las tiranías del poder civil?. ¡He aquí el mal de no enseñarse la historia patria!.

Elías, sorprendido, apenas podía dar crédito a lo que oía.

- Señor –repuso con voz grave-, acusáis al pueblo de ingratitud, permitid que yo, uno del pueblo que sufre, lo defienda. Los favores que se hacen, para que tengan derecho al reconocimiento, necesitan ser desinteresados. Hagamos caso omiso de la misión, de la caridad cristiana, tan manoseada; prescindamos de la Historia, no preguntemos qué ha hecho España del pueblo judío, que ha dado a toda Europa un libro, una religión y un Dios; qué ha hecho del pueblo árabe que le ha dado cultura, ha sido tolerante con su religión y ha despertado su amor propio nacional, aletargado, destruido casi durante la dominación romana y goda. ¿Decís que nos han dado la fe y nos han sacado del error?, ¿llamáis fe a esas prácticas exteriores, religión a ese comercio de correas y escapularios, verdad a esos milagros y cuentos que oímos todos los días?. ¿Es ésta la ley de Jesucristo?. Para esto no necesitaba un Dios dejarse crucificar ni nosotros obligarnos a una gratitud eterna: la superstición existía mucho antes, sólo necesitaba perfeccionarla, y subir el precio de las mercancías. Me diréis, que por imperfecta que fuese nuestra religión de ahora, es preferible a la que teníamos; lo creo y convengo en ello, pero es demasiado cara pues por ella hemos renunciado a nuestra nacionalidad, a nuestra independencia; por ella hemos dado a sus sacerdotes nuestros mejores pueblos, nuestros campos y damos aun nuestras economías con la compra de objetos religiosos. Se nos ha introducido un artículo de industria extranjera, lo pagamos bien y estamos en paz. Si me habláis de la protección dada contra los encomenderos, os podría contestar que por ellos caímos bajo el poder de estos encomenderos; pero no, reconozco que una verdadera fe y un verdadero amor a la Humanidad guiaban a los primeros misioneros que vinieron a nuestras playas; reconozco la deuda de gratitud hacia aquellos nobles corazones; sé que la España de entonces abundaba en héroes de todas clases así en lo religioso como en lo político, en lo civil y en lo militar. Pero porque los antepasados fueron virtuosos, ¿consentiríamos el abuso de sus degenerados descendientes?. Porque se nos ha hecho un gran bien, ¿seríamos culpables por impedir que nos hagan un mal?. El país no pide abolición, sólo pide reformas que exigen las nuevas circunstancias y las nuevas necesidades.

- Yo amo a nuestra patria como la podéis amar vos, Elías; comprendo algo lo que deseas, he oído con atención lo que dijisteis y con todo, amigo mío, creo que vemos un poco con los ojos de la pasión: aquí menos que en otra parte veo la necesidad de las reformas.

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harì ng sungit