Capítulo 47: Las Dos Señoras - Page 4 of 4

Dª. Victorina no le dejó concluir: con un sublime movimiento le arrancó la dentadura en medio de la calle y la pisoteó. Él, medio llorando y ella echando chispas, llegaron a casa. Linares estaba en aquel momento hablando con María Clara, Sinang y Victoria, y como no había sabido nada de la discordia, se inquietó no poco al ver a sus primos. María Clara, que estaba recostada en un sillón entre almohadas y mantas, se sorprendió no poco al ver la nueva fisonomía de su doctor.

- Primo –dice Dª. Victorina-, tú le desafías ahora mismo al alférez o si no...

- Y ¿por qué? –pregunta Linares sorprendido.

- Le desafías ahora mismo o si no digo aquí a todos quién eres tú.

- Pero, ¡Dª. Victorina!.

Las tres amigas se miraron.

- ¿Te parece?. El alférez nos ha insultado y ha dicho que tú eres lo que eres. La vieja bruja ha bajado con látigo, y éste, éste se ha dejado insultar... ¡un hombre!.

- ¡Abá! –dijo Sinang- ¡se han peleado y no lo hemos visto!.

- ¡El alférez le rompió los dientes al doctor! –añadió Victoria.

- Hoy mismo nos vamos a Manila; tú te quedas aquí a desafiarle, y si no le digo a D. Santiago que es mentira cuanto le has contado, le digo...

- Pero, Dª. Victorina, Dª. Victorina! –interrumpe pálido Linares acercándose a ella-, cálmese Ud.; no me haga Ud. recordar... –y añadió en voz baja-: No sea Ud. imprudente, precisamente ahora.

A la sazón que pasaba esto llegaba Capitán Tiago de la gallera, triste y suspirando: había perdido su lásak.

No le dejó tiempo Dª. Victorina de suspirar; en pocas palabras y muchos insultos le contó cuanto había pasado, se entiende, procurando ponerse en buena luz.

- Linares le va a desafiar, ¿oye?. Si no, no le deje Ud. que se case con su hija, ¡no lo permita Ud.!. Si no tiene valor, no merece a Clarita.

- ¿Con que te casas con ese señor? –pregunta Sinang, cuyos alegres ojos se llenaron de lágrimas-; yo sabía que eras discreta, pero no voluble.

María Clara, pálida como la cera, medio se incorpora y mira con espantados ojos a su padre, a Dª. Victorina y a Linares. Este se ruboriza, Capitán Tiago baja los ojos y la señora añade:

- Clarita, tenlo presente; no te cases nunca con un hombre que no lleve pantalones; te expones a que te insulten hasta los perros.

Pero la joven no contestó y dijo a sus amigas:

- Conducidme a mi cuarto que no puedo andar sola.

Ayudáronla a levantarse; y rodeada su cintura con los redondos brazos de sus amigas, apoyada la marmórea cabeza sobre el hombro de la hermosa Victoria, entró la joven en su alcoba.

Aquella misma noche recogieron ambos cónyuges sus cosas, pasaron la cuenta a Capitán Tiago, la cual ascendió a algunos miles y al día siguiente muy temprano partían para Manila en el coche de éste. Al vergonzoso Linares le cometieron el papel de vengador.

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waláng butas