Capítulo 47: Las Dos Señoras - Page 3 of 4

- ¡Edúquela Ud. mejor a su mujer, cómprele mejores vestidos y si no tiene dinero, robe Ud. a los del pueblo que para eso tiene Ud. soldados! –gritaba Dª. Victorina.

- ¡Aquí estoy, señora!, ¿por qué no me machaca V.E. la boca?. ¡Ud. no tiene más que lengua y saliva, Doña Excelencia!.

- ¡Señora! –decía el alférez furioso-; ¡dé Ud. gracias que yo me acuerdo de que es Ud. mujer, que si no la reventaba a puntapiés con todos sus rizos y cintajos!.

- ¡Se... señor Alférez!.

- ¡Ande Ud., matasanos!. Ud. no lleva pantalones, ¡Juan Lanas!. [10]

Armóse una de palabras y gestos, una de gritos, insultos e injurias; sacáronse todo lo sucio que guardaban en sus arcas, y como hablaban cuatro a la vez y decían tantas cosas, que desprestigian a ciertas clases, sacando a relucir muchas verdades, renunciamos aquí a escribir cuanto se dijeron. Los curiosos, si bien no entendían todo lo que se decían, divertíanse no poco y esperaban que llegasen a las manos. Desgraciadamente vino el cura y puso paz.

- ¡Señores, señoras!, ¡qué vergüenza!. ¡Señor Alférez!.

- ¿Qué se mete Ud. aquí, hipócrita, carlistón? [11]

- D. Tiburcio, llévese Ud. a su señora!. ¡Señora, contenga Ud. su lengua!.

- ¡Eso dígaselo Ud. a esos roba-pobres!.

Poco a poco se agotó el diccionario de epítetos, terminó la reseña de las desvergüenzas de cada pareja y, amenzándose e insultándose, se fueron separando poco a poco. Fr. Salví iba de una parte a otra animando el espectáculo, ¡sí nuestro amigo, el Corresponsal, hubiese estado presente...!.

- ¡Hoy mismo nos vamos a Manila y nos presentaremos al Capitán General –decía furiosa Dª. Victorina a su marido-. Tú no eres hombre; ¡lástima de pantalones que gastas!.

- Pe... pero, mujer, y ¿los guardias?, ¡yo estoy cojo!.

- Debes desafiarle a pistola o a sable, o si no... si no...

Y Dª. Victorina le miró en la dentadura.

- ¡Hija!, no he cogido nunca...

[10] Persona de poco valer que aguanta paciente todo lo que se le eche encima.

[11] Denota absolutismo y tradicionalismo, causas por las que el clero ha sentido de antiguo mucha simpatía. Carlista era el que simpatizaba o se aliaba con la causa de D. Carlos en las gerras monárquicas de la España del siglo XVIII.

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