Capítulo 47: Las Dos Señoras - Page 2 of 4

Pasaron delante de la casa del militar. Dª. Consolación estaba en la ventana, como de costumbre, vestida de franela y fumando su puro. Como la casa era baja, se miraron y Dª. Victorina la distinguió bien: la Musa de la Guardia Civil la examinaba tranquilamente de pies a cabeza, y después, sacando el labio inferior hacia delante, escupió volviendo la cara a otro lado. Esto acabó con la paciencia de Dª. Victorina, y dejando a su marido sin apoyo, se cuadró frente a la alfereza, temblando de ira y sin poder hablar. Dª. Consolación volvió lentamente la cabeza, la examina de nuevo tranquilamente y escupe otra vez pero con mayor desdén.

- ¿Qué tiene Ud., Doña? –pregunta.

- ¿Puede Ud. decirme, ¡Señora!, por qué me mira Ud. así?. ¿Tiene Ud. envidia? –consigue al fin hablar Dª. Victorina.

- ¿Yo, envidia yo, y de Ud.? –dice en sorna la Medusa-; ¡sí! ¡le envidio esos rizos!.

- ¡Ven mujer! –dice el doctor- ¡no hagas ca... caso!.

- ¡Deja que le dé una lección a esta ordinaria sin vergüenza! –contestó la mujer dándole un empellón a su marido que por poco besa el suelo, y volviéndose a Dª. Consolación:

- ¡Mire Ud. con quién se trata! –dice-; ¡no crea Ud. que soy una provinciana o una querida de soldados!. En mi casa, en Manila, no entran los alféreces; se esperan en la puerta.

- ¡Hola, Excelentísima Señora Puput! [9], no entrarán los alféreces pero sí los inválidos como ése, ¡ja!, ¡ja!, ¡ja!.

A no haber sido por los coloretes, se habría visto a Dª. Victorina ruborizarse: quiso asaltar a su enemiga, pero el centinela la detuvo. Entretanto la calle se llenaba de curiosos.

- ¡Oiga Ud., me rebajo hablando con Ud., las personas de categoría... ¿Quiere Ud. lavar mi ropa?, la pagaré bien. ¡Cree Ud. que no sé yo que Ud. era lavandera!.

Dª. Consolación se irguió furiosa: lo de la lavada la hirió.

- ¿Cree Ud. que no sabemos quién es y qué gente trae?. ¡Vaya, ¡ya me lo ha dicho mi marido!. Señora, yo al menos no he pertenecido más que a uno, pero ¿y Ud.?. Se necesita morir de hambre para cargar con el sobrante, el trapo de todo el mundo.

El tiro le dio en la cabeza a Dª. Victorina; remangóse, cerró los puños y apretando los dientes empezó a decir:

- ¡Baje Ud., vieja cochina, que le voy a machacar esa sucia boca!. ¡Querida de un batallón, ramera de nacimiento!.

La Medusa desapareció rápidamente de la ventana, pronto se la vio bajar corriendo, agitando el látigo de su marido.

Suplicante, se interpuso D. Tiburcio, pero se habrían venido a las manos si no hubiese llegado el alférez.

- Pero, ¡señoras... D. Tiburcio!.

[9] Manera despectiva de referirse a una europea o a quien se hace pasar por tal.

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higad