Capítulo 39: Doña Consolación - Page 5 of 7

La loca la miraba con los ojos vagos, sin expresión: la alfereza le levantó un brazo, después otro sacudiéndoselos: inútil, Sisa no comprendía.

Púsose a saltar, a agitarse, estimulando a la otra para que la imitara. Oíase de lejos la música de la procesión tocar una marcha grave y majestuosa, pero la Señora saltaba furiosamente siguiendo otro compás, otra música, la que resonaba en su interior. Sisa la miraba inmóvil: algo como curiosidad se pintó en sus ojos y una débil sonrisa movió sus pálidos labios: le hacía gracia el baile de la Señora.

Paróse ésta como avergonzada, levantó el látigo, aquel terrible látigo conocido de los ladrones y soldados, hecho en Ulangô [23] y perfeccionado por el alférez con alambres retorcidos, y dijo:

- ¡Ahora te toca a ti bailar... baila!.

Y empezó a azotar débilmente los pies descalzos de la loca, cuya cara se contrajo de dolor, obligándola a defenderse con las manos.

- ¡Ajá! ¡ya empiezas! –exclamó con salvaje alegría y del lento pasó a un allegro vivace.

La infeliz lanzó un quejido de dolor y levantó vivamente el pie.

- ¿Has de bailar, p... india? –decía la señora y el látigo vibraba y silbaba.

Sisa dejose caer al suelo llevándose ambas manos a las piernas y mirando a su verdugo con ojos desencajados. Dos fuertes latigazos a la espalda le hicieron levantarse: ya no fue un quejido, fueron dos aullidos lo que la desgraciada exhaló. Rasgóse la fina camisa, la piel se abrió y brotó la sangre.

La vista de la sangre entusiasma al tigre; la sangre de su víctima exaltó a Dª. Consolación.

- ¡Baila, baila, condenada maldita!. ¡Mal haya la madre que te parió! –gritaba- ¡baila o te mato a latigazos!.

Y ella misma, cogiéndola con una mano y azotándola con la otra, empezó a saltar y a bailar.

La loca la comprendió al fin y siguió moviendo descompasadamente los brazos. Una sonrisa de satisfacción contrajo los labios de la maestra, sonrisa de una Mefistófeles hembra que consigue sacar un gran discípulo; había odio, desprecio, burla y crueldad; más no habría dicho una carcajada.

Y, absorta en el goce de su espectáculo, no oyó llegar a su marido hasta que se abrió estrepitosamente la puerta de un puntapié.

Apareció el alférez pálido y sombrío; vio lo que allí pasaba y lanzó una terrible mirada a su mujer. Esta no se movió de su sitio y quedóse sonriendo cínicamente.

El alférez puso lo más dulcemente que pudo la mano sobre el hombro de la extraña bailarina y le hizo parar. La loca respiró y sentóse poco a poco en el suelo, manchado de su sangre.

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nábagsakán ng langkâ