Capítulo 39: Doña Consolación - Page 2 of 7

Así se pasó el día. No encontrando un obstáculo que se le pusiese delante –el marido estaba convidado-, se saturaba de bilis; creeríase que las células de su organismo se cargaban de electricidad y amenazaban estallar en una infame tormenta. Todo a su alrededor se plegaba, como las espigas al primer soplo del huracán; no encontraba resistencia, no hallaba ninguna punta o eminencia para descargar su mal humor: soldados y criados se arrastraban a su lado.

Para no oír el regocijo exterior, mandó cerrar las ventanas; encargó al centinela no dejara pasar a nadie. Atóse un pañuelo a la cabeza como para evitar que estallara, y a pesar de que el sol brillaba aún, mandó encender luces.

Sisa, como vimos, fue detenida por perturbadora del orden y conducida al cuartel. El alférez no estaba entonces, y la infeliz tuvo que pasar la noche, sentada en un banco, con la mirada indiferente. Al siguiente día viola el alférez, y temiendo por ella en aquellos días de algarabía y no queriendo dar un espectáculo desagradable, encargó a los soldados la tuviesen custodiada, la tratasen con piedad y le diesen de comer. Así pasó la demente dos días.

Esta noche, sea que la vecindad de la casa de Capitán Tiago haya llevado hasta ella el triste canto de María Clara, sea que otros acordes despertasen sus antiguos cantos, sea la causa que fuese, Sisa empezó también a cantar con su voz dulce y melancólica los kundiman [14] de su juventud. Los soldados la oían y se callaban; ¡ay!, aquellos aires despertaban antiguos recuerdos, los recuerdos del tiempo en que aún no se habían corrompido.

Dª. Consolación la oyó también en su aburrimiento, y enterada de la persona que cantaba:

- ¡Que suba al instante! –mandó después de algunos segundos de meditación. Una cosa, como sonrisa, vagaba por sus labios.

Trajeron a Sisa, quién se presentó sin turbarse, sin manifestar extrañeza ni temor: parecía no ver a ninguna señora. Esto hirió la vanidad de la Musa que pretendía infundir respeto y espanto.

La alféreza tosió, hizo señas a los soldados para que se fuesen y, descolgando el látigo de su marido, dijo con acento siniestro a la loca:

- ¡Vamos magcantar icau!. [15]

Sisa naturalmente no la comprendió y esta ignorancia aplacó sus iras.

Una de las bellas cualidades de esta señora era el procurar ignorar el tagalo, o al menos aparentar no saberlo, hablándolo lo peor posible: así se daría aires de una verdadera orofea, [16] como ella solía decir. Y ¡hacía bien!, porque si martirizaba el tagalo, el castellano no salía mejor librado ni en cuanto se refería a la gramática, ni a la pronunciación. Y ¡sin embargo su marido, las sillas y los zapatos, cada cual había puesto de su parte cuanto podía para enseñarla!. Una de las palabras que le costaron más trabajo aún que a Champollion los jeroglíficos, [17] era la palabra Filipinas.

Cuéntase que al día siguiente de su boda, hablando con su marido, que entonces, era cabo, había dicho Pilipinas; el cabo creyó deber suyo corregirla y le dijo dándole un coscorrón: “¡Dí, Filipinas, mujer!, no seas bruta. ¿No sabes que se llama así a tu p... país por venir de Felipe?”. La mujer que soñaba en su luna de miel, quiso obedecer y dijo: “Felepinas”. Al cabo le pareció que ya se acercaba, aumentó los coscorrones y la increpó: “Pero mujer, ¿no puedes pronunciar: Felipe?. No lo olvides, sabe que el Rey Don Felipe... quinto... ¡Dí Felipe, y añádele nas que en latín significa islas de indios, y tienen el nombre de tu rep.... país!”. [18]

[14] Cantar nativo de aire melancólico.

[15] 'Hale, a cantar,' en mal tagalog.

[16] Con todas sus exageraciones, que las hay, Rizal posée como pocos la habilidad de retratar a un personaje con pinceladas certeras. A pesar de todos los intentos de aparentar no dominar tagalog, a la Musa se le escapan palabras como 'orofea,' que es como en realidad un puro nativo burdo pronunciaría 'europea.'

[17] Champollion fue un lingüista francés famoso por ser el primero en poder descifrar jeroglíficos egipcios. Se ayudó de la Rosetta, una estela de basalto encontrada por las tropas de Napoleón durante la invasión de Egipto en el poblado de Rashed, que los europeos pronunciaron Rosetta. Hoy exhibida en el Museo Británico, la Rosetta contiene la misma inscripción en escritura jeroglífica antigua, demótico (lengua común nativa de Egipto) y griego. Comparando las tres lenguas de la inscripción, Champollion acabó descifrando los misteriosos jeroglíficos. Se puede ver más sobre este tema en la Rosetta en el Británico y también en el sitio web en español la Rosetta y Champollion.

[18] El alférez era tan bodoque como su mujer, o quizás más porque pudo haber tenido mejor educación. Ni se llamó al país Filipinas en honor de Felipe V, sino Felipe II, ni hay nada en el nombre, en latín o en cualquier otra lengua, que signifique islas de indios.

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matigás pa sa kulíg