Capítulo 28: Tatakut - Page 4 of 7

—¡Loco-loco tambien aquel Isagani, decía el estudianteindignado; no sana di cogí con ele, ta andá pa presentá! O,bueno 0., que topá rayo con ele ! Siguro pusilau!

La señora se encogió de hombros.

—¡Conmigo no ta debí nada! Y cosa di jasé Paulita?

—No di falta novio, ñora. Siguro di llorá un poco, luego dicasá con un español!

La noche fué de las más tristes. En las casas sé rezaba elrosario y piadosas mujeres dedicaban sendos padrenuestros yrequieras á las almas de parientes y amigos. A las ocho de lanoche apenas se veía un transeunte: solo de tiempo en tiempose oía el galopar de un caballo cuyos flancos, golpea escanda-losamente un sable, despues pitadas de guardias, coches quepasan á todo escape como perseguidos por turbas filibusteras.

Sin embargo no en todas partes reinaba el terror.

En la platería donde se hospedába Plácido Penitente, secomentaban tambien los acontecimientos y se discutían concierta libertad.

—¡Yo no creo en los pasquines! decía un obrero delgaduchoy seco á fuerza de manejar el soplete; para mí es obra delP. Salví!

—¡Ejem, ejem ! tosió el maestro platero, hombre muy pru-dente que, temiendo pasar por cobarde, no se atrevía á cortar laconversacion. El buen hombre se contentaba con toser, guiñabaá su oficial y miraba hácia la calle, como para decirle : —¡Pueden espiarnos !

—Por lo de la opereta! continuó el obrero.

—Ohó ! exclamó uno que tenía cara de simple; ya lo decíayo! Por eso...

—Hm! repuso un escribiente en tono de compasion; lo delos pasquines es cierto, Chichoy, pero te daré su explicacion!

Y añadió en voz misteriosa:

— Es una jugada del chino Quiroga!

—¡Ejem, ejem ! volvió á toser el maestro pasando el sapodel buyo de un carrillo á otro.

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guhit ng palad