Capítulo 19: La Mecha - Page 6 of 7

— Le estraña á usted, dijo con su sonrisa fría, que ese indiotan mal vestido hable bien el español ? Era un maestro deescuela que se empeñó en enseñar el español á los niños y noparó hasta que perdió su destino y fué deportado por perturba-dor del oyden público y por haber sido amigo del desgraciadoIbarra. Le he sacado de la deportacion donde se dedicabaá podar cocoteros y le he hecho pirotécnico.

Volvieron á la calzada y á pié se dirigieron hácia Trozo.Delante de una casita de tabla, de aspecto alegre y aseado,había un español apoyado en una muleta, tomando la luz de laluna. Simoun se dirigió á él; el español al verle procuró levan-tarse ahogando un quejido.

—¡Estése usted preparado! le dijo Simoun.

—Siempre lo estoy!

—¡Para la semana que viene!

—Ya?

— Al primer cañonazo!

Y se alejó seguido de Plácido que empezaba á preguntarsesi no soñaba.

—Le sorprende á usted, preguntóle Simoun, ver á unespañol tan joven y tan maltratado por las enfermedades? Dosaños hace era tan robusto como usted, pero sus enemigos con-siguieron enviarle á Balábak para trabajar en una compañiadisciplinaria y allí le tiene usted con un reumatismo y un paludismo que le lleva á la tumba. El infeliz se había casado conuna hermosísima mujer...

Y como un coche vacío pasase, Simoun lo paró y con Plácidose hizo conducir á su casa de la calle de la Escolta. En aquelmomento daban los relojes de las iglesias las diez y media.

Dos horas despues, Plácido dejaba la casa del joyero, y gravey meditabundo seguía por la Escolta, ya casi desierta apesarde los cafés que aun continuaban bastante animados. Algunoque otro coche pasaba rápido produciendo un ruido infernalsobre el gastado adoquinado.

Simoun desde un aposento de su casa que da al Pasig, dirigíala vista hácia la ciudad murada, que se divisaba al través delas ventanas abiertas, con sus techos de hierro galvanizado quela luna hacía brillar y sus torres que se dibujaban tristes, pesa-das, melancólicas, en medio de la serena atmósfera de la noche.Simoun se había quitado las gafas azules, sus cabellos blancoscomo un marco de plata rodeaban su enérgico semblante bron-ceado, alumbrado vagamente por una lámpara, cuya luz ame-nazaba apagarse por falta de petróleo. Simoun, preocupado alparecer por un pensamiento, no se apercibía de que poco á pocola lámpara agonizaba y venía la oscuridad.

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magtátalo-sirâ