Capítulo 19: La Mecha - Page 4 of 7

Simoun hizo un gesto de impaciencia que Plácido en suturbacion no observó. En pocas palabras contó el joven lo quele había pasado manifestando su deseo de irse á Hong Kong.

— ¿Para qué? preguntó Simoun mirando á Plácido fijamenteal través de sus anteojos azules.

Plácido no contestó. Entonces Simoun levantó la cabeza,sonrióse con su sonrisa silenciosa y fria y dijo á Plácido :

—Está bien ! véngase usted conmigo. A la calzada del Iris!dijo al cochero.

Simoun permaneció silencioso durante todo el trayecto comosi estuviese absorto en una meditacion muy importante. Plá-cido, esperando que le hablase, no decía una sola palabra y sedistraía mirando hácia los muchos paseantes que aprovechabanla claridad de la luna. Jóvenes, parejas de novios, enamorados,seguidos detrás de cuidadosas madres ó tías; grupos de estu-diantes en traje blanco que la luna hacía más blanco todavía;soldados medio borrachos, en coche, seis 'á la vez, yendo devisita en algun templo de napa dedicado á Citéres; niños quejuegan al tubigan, chinos vendedores de cañadulce etc. llena-ban el camino y adquirían á la luz resplandeciente de la lunaformas fantásticas y contornos ideales. En una casa tocabala orquesta valses y se veían algunas parejas bailar á la luz delos quinqués y lámparas... ¡qué mezquino espectáculo le pare-ció comparado con el que se ofrecía en las calles! Y pensando en Hong Kong se preguntó si las noches de luna en aquellaisla serían tan poéticas, tan dulcemente melancólicas como lasde Filipinas y una profunda tristeza se apoderó de su corazon.

Simoun mandó parar el coche y ambos bajaron. En aquelmomento pasaron á su lado Isagani y Paulita Gomez murmu-rándose dulces palabras; detrás venía doña Victorina con JuanitoPelaez que hablaba en voz alta, gesticulaba mucho y se que-daba más jorobado. Pelaez distraido no vió á su excondis-cípulo.

—¡Ese sí que es feliz! murmuró Plácido suspirando ymirando hácia el grupo que se convertia en vaporosas siluetasdonde se distinguían muy bien los brazos de Juanito quesubían y bajaban como aspas de un molino.

—¡Solo sirve para eso! murmuraba á su vez Simoun; buenaestá la juventud !

¿A quién aludían Plácido y Simoun?

Este hizo una seña al joven, dejaron la calzada y se interna-ron en un laberinto de senderos y pasadizos que formaban entresí varias casas; tan pronto saltaban sobre piedras para evitarpequeñas charcas, como se bajaban para pasar un cerco malhecho y peor conservado. Estrañábase Plácido de ver al ricojoyero andar por semejantes sitios como si estuviese muyfamiliarizado con ellos. Llegaron al fin á una especie de solargrande donde había tina miserable casita aislada, rodeada deplatanares y palmeras de bonga. Algunos armazones de cañay pedazos de tubos de idem hicieron sospechar á Plácido quese encontraban en casa de algun castillero 6 pirotécnico.

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buteteng laot