Capítulo 6: Capitán Tiago - Page 2 of 4

Aquella puerta de la sala, oculta por una cortina de seda, conduce a una pequeña capilla u oratorio, que no debe faltar en ninguna casa filipina: allí están los dioses lares de Capitán Tiago, y decimos dioses lares, porque este señor más bien sentía por el politeísmo que por el monoteísmo, que jamás había comprendido. Allí se ven imágenes de la Sacra Familia con el busto y las extremidades de marfil, ojos de cristal, largas pestañas y cabellera rubia rizada, primores de la escultura de Sta. Cruz [3]. Cuadros pintados al óleo por los artistas de Paco y Hermita [4] representan martirios de santos, milagros de la Virgen, etc.; Sta. Lucía mirando al cielo y llevando en un plato otros dos ojos con pestañas y cejas, como los que se ven pintados en el triángulo de la Trinidad o en los sarcófagos egipcios; S. Pascual Bailón, S. Antonio de Padua con hábito de guingon [5], contemplando lloroso a un Niño Jesús vestido de Capitán General, tricornio, sable y botas como en el baile de niños de Madrid: esto para Capitán Tiago significaba que aunque Dios añadiese a su poder el de un Capitán General de Filipinas, siempre jugarían con él los franciscanos como con una muñeca. Véase también: un S. Antonio Abad con un cerdo al lado, cerdo que para digno Capitán era tan milagroso como el santo mismo, por cuya razón no se atrevería a llamarle cerdo sino criatura del santo señor S. Antonio; un S. Francisco de Asís con siete alas y el hábito color café, colocado encima de un S. Vicente que no tiene más que dos pero en cambio lleva un cornetín; un S. Pedro Mártir con la cabeza partida con un talibong [6] de malhechor, empuñado por un infiel puesto de rodillas, al lado de un S. Pedro que corta la oreja a un moro, Malco sin duda, que se muerde los labios y hace contorciones de dolor, mientras un gallo sasabungin [7] canta y bate las alas sobre una columna dórica, de la cual deducía Capitán Tiago que para ser santo lo mismo era partir que ser partido. ¿Quién puede enumerar aquél ejército de imágenes y decir las cualidades y perfecciones que allí se atesoran?. ¡No tendríamos bastante con un capítulo!. Sin embargo, no pasaremos en silencio un hermoso S. Miguel de madera dorada y pintada, casi de un metro de altura: el arcángel, mordiéndose el labio inferior, tiene los ojos encendidos, la frente arrugada y las mejillas de rosa; embraza un escudo griego y blande en la diestra un khris joloano [8], dispuesto a herir al devoto o al que se acerque (según se deduce de su actitud y mirada) más bien que el demonio rabudo y con cuernos que hinca los colmillos en su pierna de doncella. Capitán Tiago no se le acercaba más temiendo un milagro. ¿Cuántas y cuántas veces no se ha animado más de una imagen, por peor tallada que fuese, como la que salen de las carpinterías de Paete, para confusión y castigo de los pecadores descreídos?. Es fama que tal Cristo de España, invocado como testigo de promesas de amor, asistió con un movimiento de cabeza delante del juez, que otro Cristo se desclavó el brazo derecho para abrazar a Sta. Lutgarda y, ¿qué?, ¿no había él leído el librito, publicado recientemente, sobre un sermón mímico, predicado por una imagen de S. Domingo en Soriano?. El Santo no dijo una sola palabra, pero de sus gestos se dedujo o dedujo el autor del librito que anunciaba el fin del mundo. ¿No se decía también la Virgen de Luta del pueblo de Lipa tenía una mejilla más huinchada que la otra, y enlodados los bordes del vestido?. ¿No es esto probar matemáticamente que las sagradas imágenes también se dan paseos sin levantar el vestido y hasta padecen dolores de muelas, acaso por causa nuestra?. ¿No había él visto por sus propios ojitos a los Cristos todos en el sermón de las Siete Palabras mover y doblar la cabeza a compás y tres veces, provocando el llanto y los gritos de todas las mujeres y almas sensibles destinadas al cielo?. ¿Más?. Nosotros mismos hemos visto al predicador enseñar al público, en el momento del descenso de la cruz, un pañuelo manchado de sangre, e íbamos ya a llorar piadosamente cuando, para desgracia de nuestra alma, nos aseguró un sacristán que aquello era broma: era sangre de una gallina, asada y comida incontinenti a pesar de ser Viernes Santo... y el sacristán estaba grueso. Capitán Tiago, pues, a fuer de hombre prudente y religioso, evitaba aproximarse al kris de S. Miguel. -¡Huyamos de las ocasiones! –decía para sí-, ya que es un arcángel, ¡pero no, no me fío, no me fío!.

No pasaba un año sin concurrir con una orquesta a la opulenta romería de Antipolo [9]; entonces costeaba dos misas de gracia de las muchas que forman los tres novenarios y los otros días en que no hay novenarios y se bañaba después en el renombrado bátis o fuente, donde la misma sagrada Imagen se bañaba. Las personas devotas ven aún la huella de los pies y el rastro de los cabellos en la dura peña, al enjuagarlos, precisamente como una mujer cualquiera que gasta aceite de coco y como si sus cabellos fuesen de acero o de diamante y pesase mil toneladas. Nosotros desearíamos que la terrible Imagen sacudiese una vez su sagrada cabellera a los ojos de estas personas devotas y les pusiese el pie sobre la lengua o la cabeza. Allí, junto a esa misma fuente, Capitán Tiago debe comer lechón asado, sinigang de dalag con hojas de alibambang y otros guisos más o menos apetitosos. [10] Las dos misas le venían a costar algo más de cuatrocientos pesos, pero resultaban baratas si se ha de considerar la gloria que la Madre de Dios adquiere con las ruedas de fuego, cohetes, bombas y morteretes o bersos, como allí se llaman, si se han de calcular las grandes ganancias que, merced a estas misas, había de conseguir en el resto del año.

Pero Antipolo no era el único teatro de su ruidosa devoción. En Binondo, en la Pampanga y en el pueblo de San Diego, cuando tenía que jugar un gallo con grandes apuestas, enviaba al cura monedas de oro para misas propiciatorias y, como los romanos que consultaban sus augures antes de una batalla dando de comer a los pollos sagrados, Capitán Tiago consultaba también los suyos con las modificaciones propias de los tiempos y de las nuevas verdades. El observaba la llama de las velas, el humo del incienso, la voz del sacerdote, etc., y del todo procuraba deducir su futura suerte. Es una creencia admitida que Capitán Tiago pierde pocas apuestas y éstas se deberían a que el oficiante estaba ronco, había pocas luces, los cirios tenían mucho sebo, o que se había deslizado entre las monedas una falsa, etc. etc.; el celador de una cofradía le aseguraba que aquellos desengaños eran pruebas a que le sometía el cielo para asegurarse más de su fe y devoción. Querido de los curas, respetado de los sacristanes, mimado por los chinos cereros y los pirotécnicos o castilleros, el hombre era feliz en la religión de esta tierra, y personas de carácter y gran piedad le atribuyen también gran influencia en la Corte celestial.

[3] Hoy capital de la provincia de Laguna, unos 100 km al sur de Manila y a orilla de la laguna de Bay, fué en otro tiempo centro de un área cuna de notables artesanos, artífices y artistas. Descendientes de aquellos quedan hoy los escultores populares en madera, carpinteros los llama Rizal más adelante, del vecino pueblo de Paete que si se les da ideas ejecutan primorosas tallas y bajorrelieves en madera noble de narra (caoba.) Ver mapa satélite.

[4] Hermita, o Ermita en ortografía de hoy, es un distrito al sur de la ciudad murada más allá de Bagumbayan o Luneta. Paco, otro distrito, está más lejos al sureste. Ermita es hasta hoy lugar de concentración de artistas donde se organizan galerías de arte y se venden cuadros. Los dos distritos pertenecen hoy a la ciudad de Manila.

[5] Tela burda de algodón azul muy semejante a lo que hoy conocemos como mahón. Se da algodón en Filipinas y según me dijo hace años un vicepresidente del Land Bank of the Philippines, es de fibra tan fuerte y resistente que estropea las máquinas cardadoras.

[6] Especie de machete de guerra.

[7] Gallo de pelea. Sabungan es la pelea de gallos a la que el hombre filipino es muy aficionado. Al aficionado se le llama 'sabungero,' obsérvese la raiz tagalog con la desinencia castellana. Más adelante, en el Capítulo 46, Rizal describe con maestría inimitable una pelea de gallos llena de colorido local.

[8] Puñal corto de forma flamígera, el khris es el arma blanca emblemática de los musulmanes del sureste asiático. Un khris joloano es el que usan los musulmanes de Joló, isla y archipiélago del extremo sur de Filipinas de cuyo sultán fue vasallo en otros tiempos el sultan de Sabah en la punta noroccidental de Borneo que por tanto estuvo bajo soberanía española. Sabah es hoy provincia de Malasia.

[9] 20 km al este de la ciudad murada de Manila, Antipolo es un pueblo pintoresco en las colinas al este del valle de Marikina. Lugar famoso de peregrinaje, conserva en el templo de Nuestra Señora de la Paz y Buen Viaje, una imagen venerada desde antiguo que según la tradición acompañó muchas veces a los galeones que hacían la ruta entre Manila y Acapulco. Se celebran romerías en su honor en los domingos del mes de Mayo y la gente de Manila llega anadando hasta Antipolo entre la noche de los sábados y la mañana de los domingos de ese mes. Puede verse Antipolo y su Santuario.

[10] Como en España no hay romería sin tortilla de patatas, escalopes de ternera y chorizo y jamón, tampoco hay fiesta en Filipinas sin los platos que menciona Rizal. El lechón, como en España, es un cerdo asado de hasta dos meses; con su manzana en la boca es el rey en el centro de la mesa en un banquete. 'Sinigang' es una sopa que se acidula de diversas maneras, con hojas de alibangbang, o la fruta del tamarindo por citar sólo dos plantas leguminosas que se usan para ese efecto; suele llevar verduras variadas y pescado de agua dulce o carnes, en este caso es de 'dalag', un pez teleósteo semejante al silurio que puede vivir en el barro de los rios y es de carne y sabor delicados.

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