Capítulo 56: Lo Que Se Dice Y Lo Que Se Cree - Page 5 of 6

- ¡Tonta, hereje! –le riñe la Hermana Putê-, ¿no sabes lo que dijo el P. Dámaso?. Es tentar a Dios rezar por un condenado; el que se suicida se condena irremisiblemente; por esto no se le entierra en lugar sagrado.

Y añadía:

- Ya me parecía que ese hombre iba a concluir mal; jamás pude averiguar de qué vivía.

- Yo le vi dos veces hablar con el sacristán mayor –observó una joven.

- ¡No será ni para confesarse ni para encargar una misa!.

Acudieron los vecinos, y numeroso corro rodeó el cadáver que aún continuaba oscilando. A la media hora vinieron un alguacil, el gobernadorcillo y dos cuadrilleros; éstos lo descendieron y pusieron sobre unas parihuelas.

- La gente tiene prisa por morir –dice riendo el directorcillo, mientras se quitaba la pluma que tenía encima de la oreja.

Hizo unas preguntas capciosas, tomó declaración a la criada, a quién procuraba enredar, ya mirándola con malos ojos, ya amenazándola, ya atribuyéndole palabras que no había dicho, tanto que ella, creyendo que iba a la cárcel, empezó a llorar y acabó por declarar que no buscaba guisantes sino que... y sacaba testigo a Teo.

En el entretanto, un campesino con un ancho salakot y en el cuello un gran parche, examinaba el cadáver y la cuerda.

La cara no estaba más amoratada que todo el resto del cuerpo; encima de la ligadura se veían dos rasguños y dos pequeños cardenales o equimosis; las rozaduras de la cuerda eran blancas y no tenían sangre. El curioso campesino examinó bien la camisa y el pantalón, notó que estaban llenos de polvo y rotos recientemente en algunos sitios; pero lo que más llamó la atención fueron las simientes de amores-secos, [1] pegadas hasta en el cuello de la camisa.

- ¿Qué estás viendo? –le pregunta el directorcillo.

- Estaba viendo, señor, si le podía reconocer –balbuceó medio descubriéndose-, esto es, bajando más el salakot.

- Pero, ¿no has oído que es un tal Lucas?. ¿Estabas durmiendo?.

Todos se echaron a reír. El campesino, corrido balbuceó algunas palabras y retirose cabizbajo, andando lentamente.

- ¡Oy!, ¿a dónde vais? –le grita el viejo-, por allí no se sale; ¡por allí se va a casa del muerto!.

[1] Amorseco es una hieba, de fruto redondo y con espinillas en forma de gancho, que se pega con tencidad a la ropa de quien pasa entre ella.

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