Capítulo 55: La Catástrofe - Page 4 of 4

Mas, con la mirada fija en la niebla, se levantó lentamente, adelantóse y entró en el agua como si siguiese a alguien. Caminaba por aquella suave pendiente que forma la barra; ya estaba lejos de la orilla, el agua le llegaba a la cintura y seguía, seguía como fascinado por un espíritu seductor. El agua le llega ya al pecho... pero la descarga de fusilería resuena, la visión desaparece y el joven vuelve a la realidad. Merced a la tranquilidad de la noche y a la mayor densidad del aire, llegan hasta él claras y distintas las detonaciones. Detiénese, reflexiona, nota que está en el agua; el lago está tranquilo y divisa aún las luces en las cabañas de los pescadores.

Volvió a la orilla y se dirigió al pueblo, ¿para qué?. El mismo no lo sabía.

El pueblo parecía deshabitado; las casas estaban todas cerradas; los animales mismos, los perros que suelen ladrar durante la noche, se han ocultado medrosos. La plateada luz de la luna aumentaba la tristeza y la soledad.

Temiendo encontrarse con los guardias civiles, internóse en las huertas y jardines, en uno de los cuales creyó percibir dos formas humanas; pero prosiguió su camino y, saltando cercos y tapias, llegose con mucho trabajo al otro extremo de la población, dirigiéndose hacia la casa de Crisóstomo. En la puerta estaban los criados, comentando y lamentando la prisión de su señor.

Enterado de lo que había pasado. Elías se alejó, dio la vuelta a la casa, saltó la tapia, trepó por la ventana y penetró en el gabinete, donde aún ardía la vela que había dejado Ibarra.

Elías vio los papeles y los libros; encontró las armas y los saquitos que contenían el dinero y las alhajas. Reconstruyó en su imaginación lo que allí había pasado, y viendo tantos papeles que podían comprometer, pensó recogerlos, arrojarlos por la ventana y enterrarlos.

Lanzó una mirada al jardín, y a la luz de la luna vio dos guardias civiles que venían con un auxiliante: las bayonetas y los capacetes relucían.

Entonces tomó una resolución: amontonó ropas y papeles en medio del gabinete, vació encima una lámpara de petróleo y prendió fuego. Ciñóse precipitadamente las armas, vio el retrato de María Clara, vaciló... lo guardó en uno de los saquitos y, llevándoselos, saltó por la ventana.

Ya era tiempo; los guardias civiles forzaban la entrada.

- ¡Dejadnos subir para coger los papeles de vuestro amo! –decía el directorcillo.

- ¿Tenéis permiso?. Si no, no subiréis –decía un viejo.

Pero los soldados los apartaron a fuerza de culatazos, subieron las escaleras... pero un espeso humo llenaba toda la casa y gigantescas lenguas de fuego salieron de la sala, lamiendo puertas y ventanas.

- ¡Incendio!. ¡Incendio!. ¡Fuego! –gritaron todos.

Todos se precipitaron para salvar cada cual lo que pueda, pero el fuego ha llegado al pequeño laboratorio y estallan las materias inflamables. Los guardias civiles tienen que retroceder; les cierra el paso el incendio, que brama y barre cuanto encuentra. En vano se saca agua del pozo; todos gritan, todos piden auxilio, pero están aislados. El fuego gana los demás aposentos y se elevan al cielo levantando gruesos espirales de humo. Ya toda la casa es presa de las llamas, el viento, caldeado, arrecia; vienen desde lejos algunos campesinos, pero llegan para ver la espantosa hoguera, el fin de aquel viejo edificio, tanto tiempo respetado por los elementos.

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