Capítulo 55: La Catástrofe - Page 2 of 4

Poco a poco volvía un terrible silencio... Se oye la voz del alférez que grita corriendo:

- ¡Padre Cura!. ¡Padre Salví!. ¡Venga Ud.!.

- ¡Miserere!. El alférez pide confesión! –grita tía Isabel.

- ¿Está herido el alférez? –pregunta al fin Linares-. ¡AH!.

Y ahora nota que no ha deglutido aún lo que tiene en la boca.

- ¡Padre Cura, venga Ud.!, ¡ya no hay nada que temer! –continuaba gritando el alférez.

Fr. Salví, pálido, se decide al fin, sale de su escondite y desciende las escaleras.

- ¡Los tulisanes han muerto al alférez!. ¡María, Sinang, al cuarto, trancad bien la puerta!, ¡kyrie eleyson!.

Ibarra se dirigió también a las escaleras a pesar de la tía Isabel que decía:

- ¡No salgas que no te has confesado, no salgas!.

La buena anciana había sido muy amiga de su madre.

Pero Ibarra dejó la casa; le parecía que todo giraba en torno suyo, que le faltaba el suelo. Sus oídos le zumbaban, sus piernas se movían pesadamente y con irregularidad: olas de sangre, luz y tinieblas se sucedían en su retina.

A pesar de que la luna brillaba espléndida en el cielo, el joven tropezaba con las piedras y maderos que había en la calle, solitaria y desierta.

Cerca del cuartel vio soldados con la bayoneta calada, hablar vivamente, por el cual pasó desapercibido.

En el tribunal se oían golpes, gritos, ayes, maldiciones; la voz del alférez sobresalía y dominaba todo.

- ¡Al cepo!, ¡esposas en las manos!. ¡Dos tiros al que se mueva!. ¡Sargento, montará Ud. guardia!. ¡Hoy nadie se pasea, ni Dios!. ¡Capitán, no hay que dormir!.

Ibarra apresuró el paso hacia su casa; sus criados le esperaban inquietos.

- ¡Ensillad el mejor caballo e idos a dormir! –les dijo.

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