Capítulo 55: La Catástrofe - Page 3 of 4

Entró en su gabinete, y a prisa quiso preparar una maleta. Abrió una caja de hierro, sacó todo el dinero que allí se encontraba y lo metió en el saco. Recogió sus alhajas, descolgó un retrato de María Clara, y armándose de un puñal y dos revólveres, se dirigió a un armario, donde tenía herramientas.

En aquel instante tres golpes secos y fuertes resonaron en la puerta.

- ¿Quién va? –preguntó Ibarra con voz lúgubre.

- ¡Abra en nombre del Rey, abra en seguida o echamos la puerta abajo! –contestó una voz imperiosa en español.

Ibarra miró hacia la ventana; brillaron sus ojos y amartilló su revólver; pero, cambiando de idea, dejó las armas y fue a abrir él mismo en el momento en que acudían los criados.

Tres guardias le cogieron al instante.

- ¡Dése Ud. preso en nombre del Rey! –dijo el sargento.

- ¿Por qué?.

- Allá se lo dirán a Ud., nos está prohibido el decirlo.

El joven reflexionó un momento, y no queriendo tal vez que los soldados descubriesen sus preparativos de huida, cogió un sombrero y dijo:

- ¡Estoy a su disposición!. Supongo que será por breves horas.

- Si Ud. promete no escaparse, no le maniataremos: el alférez le hace esta gracia; pero si Ud. huye...

Ibarra siguió, dejando consternados a sus criados.

Al dejar la casa de Crisóstomo, como un enajenado corría sin saber a dónde iba. Atravesó los campos, llegó al bosque en una agitación violenta; huía de la población, huía de la luz, la luna le molestaba, se metió en la misteriosa sombra de los árboles. Allí, ya deteniéndose, ya andando por desconocidas sendas, apoyándose en los seculares troncos, enredándose entre las malezas, miraba hacia el pueblo, que allá a sus pies se bañaba a la luz de la luna, se extendía en el llano, recostado a orillas del mar. Las aves, despertadas de su sueño, volaban; gigantescos murciélagos, lechuzas, búhos, pasaban de una rama a otra con estridentes gritos y mirándole con sus redondos ojos. Elías ni los oía ni se fijaba en ellos. Se creía seguido por las irritadas sombras de sus antepasados; veía en cada rama el fatídico cesto con la ensangrentada cabeza de Bálat, tal como se lo refiriera su padre; creía tropezar al pie de cada árbol con la anciana muerta; le parecía ver entre sombras balancearse el infecto esqueleto del abuelo infame... y el esqueleto y la anciana y la cabeza le gritaban: ¡cobarde, cobarde!.

Elías abandonó el monte, huyó y descendió al mar, a la playa que recorría agitado; pero allá a lo lejos, en medio de las aguas, donde la luz de la luna parecía levantar una niebla, creyó ver, elevarse y mecerse una sombra, la sombra de su hermana con el pecho ensangrentado, la cabellera suelta esparcida al aire.

Elías cayó de rodillas en la arena.

- ¡Tú también! –murmuró extendiendo los brazos.

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maghunos-dilì