Capítulo 44: Exámen De Conciencia - Page 2 of 5

- Creo y sigo en lo que he dicho –la interrumpe a su vez el cura-; la confesión que María Clara ha hecho, ha provocado aquella crisis favorable que le ha salvado la vida. Una conciencia limpia vale más que muchas medicinas, y ¡cuidado que no niego yo el poder de la ciencia, sobre todo el de la cirugía!, pero una conciencia limpia... ¡Lean Uds. los libros piadosos y verán cuántas curaciones operadas por sólo una buena confesión!.

- Ud. perdone –objeta Dª. Victorina picada-, eso del poder de la confesión... ¡cure Ud. a la mujer del alférez con una confesión!.

- ¡Una herida, señora, no es ninguna enfermedad en que pueda influir la conciencia! –replica severamente al P. Salví-; sin embargo, una buena confesión la preservaría de recibir en adelante golpes como los de esta mañana.

- ¡Lo merece! –continúa Dª. Victorina como si no hubiese oído cuanto dijo el P. Salví-. ¡Esa mujer es muy insolente!. En la iglesia no hace más que mirarme, ¡ya se ve!, es una cualquiera; el domingo ya le iba a preguntar si tenía monos en la cara, pero ¿quién se mancha hablando con gente que no es de categoría?.

Por su parte el cura, como si tampoco hubiese oído toda esta perorata, continuó:

- Créame Ud., D. Santiago; para acabar de curar a su hija es menester que haga una comunión mañana; le traeré el viático... creo que no tendrá nada de qué confesarse, sin embargo... si quiere reconciliarse esta noche...

- No sé –añadió al instante Dª. Victorina aprovechando una pausa-, no comprendo cómo puede haber hombres capaces de casarse con tales espantajos como esa mujer; de lejos se ve de donde viene; se le conoce que se muere de envidia; ¡ya se ve!, ¿qué gana un alférez?.

- Con que, D. Santiago, diga Ud. a su prima que prevenga a la enferma de la comunión de mañana; vendré esta noche a absolverla de sus pecadillos...

Y viendo que la tía Isabel salía, le dijo en tagalo:

- Preparad a vuestra sobrina para confesarse esta noche; mañana le traeré el viático; con eso convalecerá más pronto.

- Pero, Padre –se atrevió a objetar tímidamente Linares-, no vaya a creer que está en peligro de muerte.

- ¡No tenga Ud. cuidado! –le contestó sin mirarle-, yo sé lo que me hago: he asistido ya a muchísimos enfermos; además ella dirá si quiere o no tomar la santa comunión y verá Ud. como dice a todo que sí.

Por de pronto Capitán Tiago tuvo que decir sí a todo.

Tía Isabel entró en la alcoba de la enferma.

María Clara seguía en cama, pálida, muy pálida; a su lado estaban sus dos amigas.

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tabáng lamíg