Capítulo 36: La Primera Nube - Page 2 of 2

Detonaciones, rodar de coches, galope de caballos, música tocando la Marcha real anunciaron la llegada de S.E. el Gobernador General de las Islas Filipinas. María Clara corrió a esconderse en su alcoba... ¡pobre joven!, juegan con tu corazón groseras manos que no conocen sus delicadas fibras.

Mientras la casa se llenaba de gente y fuertes pasos, voces de mando, ruidos de sables y espuelas resonaban por todas partes, la atribulada joven yacía medio arrodillada delante de una estampa de la Virgen, que la representaba en aquella actitud de dolorosa soledad, sólo sentida por Delaroche, [2] como si la hubiese sorprendido al volver del sepulcro de su Hijo. María Clara no pensaba en el dolor de aquella madre, pensaba en el suyo propio. Con la cabeza doblada sobre el pecho y las manos apoyadas contra el suelo, parecía el tallo de una azucena doblado por la tempestad. ¡Un porvenir soñado y acariciado durante años, cuyas ilusiones, nacidas en la infancia y crecidas con la juventud, daban forma a las células de su organismo, querer borrarlo ahora, con una sola palabra, de la mente y del corazón!. ¡Tanto valía paralizar los latidos de uno y privar a la otra de su luz!.

María Clara era tan buena y piadosa cristiana como amante hija. No sólo le arredraba la excomunión: el mandato y la amenazada tranquilidad de su padre le exigen ahora el sacrificio de sus amores. Sentía ella toda la fuerza de aquel afecto que hasta entonces no sospechaba. Era una vez un río que se deslizaba mansamente; fragantes flores alfombraban sus orillas, y su lecho lo formaba fina arena. Su corriente apenas izaba el viento; habríase dicho al verle que se remansaba. Pero de repente se estrecha el cauce, ásperas rocas le cierran el paso, añosos troncos se atraviesan formando dique, ¡Ah! Entonces ruge el río, se levanta, hierven las olas, sacude penachos de espuma, bate las rocas y se lanza al abismo!.

Quería orar, pero ¿quién ora en la desesperación?. Se ora cuando se espera y cuando no, y nos dirigimos a Dios, sólo exhalamos quejas. “¡Dios mío! –gritaba su corazón-, ¿por qué separar así a un hombre, por qué negarle el amor a los demás?. Tú no le niegas tu sol, ni tu aire, ni le ocultas la vista de tu cielo, ¿por qué negarle el amor, cuando sin cielo, sin aire y sin sol se puede vivir, pero sin amor jamás?.

¿Llegarían al trono de Dios esos gritos que no oyen los hombres? ¿los oiría la Madre de los desgraciados?.

¡Ay!, la pobre joven, que no había conocido una madre, se atrevía a confiar estos pesares que causan los amores de la tierra a aquel corazón purísimo que sólo había conocido el amor de hija y el de madre: ella en sus tristezas acudía a esa imagen divinizada de la mujer, la idealización más hermosa de la más ideal de las criaturas, a esa creación poética del Cristianismo, que reúne en sí los dos más bellos estados de la mujer, virgen y madre, sin tener sus miserias, que llamamos María.

- ¡Madre, Madre! –gemía.

Tía Isabel vino a sacarla de su dolor. Habían llegado algunas amigas y el Capitán General deseaba hablarle.

- ¡Tía, decid que estoy enferma! –suplicó la joven espantada-; ¡me van a hacer tocar el piano y cantar!.

- Tu padre lo ha prometido, ¿vas a poner feo a tu padre?.

María Clara se levantó, miró a su tía, retorcióse los hermosos brazos y balbuceó:

-¡Oh! Si tuviese yo...

Pero no concluyó su frase y empezó a arreglarse.

[2] Pintor francés de la primera mitad del siglo XIX de estilo y sentimiento romántico. Sus temas preferidos fueron retratos y temas históricos en cuadros monumentales.

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