Capítulo 32: La Cabria - Page 2 of 6

Sobre una mesa, cubierta de un tapiz de Persia, estaba el cilindro de plomo y los objetos que se iban a guardar en aquella especie de tumba: una caja de cristal de gruesas paredes contendría aquella momia de una época y guardaría para el porvenir los recuerdos de un pasado. El filósofo Tasio, que discurría por allí pensativo, murmuraba:

- Quizás algún día, cuando la obra que hoy comienza a nacer, envejecida después de tantas vicisitudes, caiga en ruinas, ya a las sacudidas de la Naturaleza, ya a la destructora mano del hombre, y sobre las ruinas crezca la yedra y el musgo; después, cuando el tiempo destruya el musgo, la yedra y las ruinas y esparza sus cenizas al viento, borrando de las páginas de la Historia el recuerdo de ella y de los que la construyeron, ya largo tiempo perdido en la memoria de los hombres; quizás, cuando las razas con las capas del suelo se hayan sepultado o desaparecido, sólo por alguna casualidad el pico de algún minero, haciendo brotar del granito la chispa, podrá desenterrar del seno de la roca misterios y enigmas. Quizás los sabios de la nación que habite estas regiones trabajarán, como trabajan los actuales egiptólogos con los restos de una grandiosa civilización, preocupada de la eternidad y que no sospechaba, iba a descender sobre ella una tan larga noche. Quizás algún sabio profesor diga a sus alumnos de cinco y siete años en un idioma hablado por todos los hombres: “¡Señores!. Estudiados y examinados cuidadosamente los objetos encontrados en el subsuelo de nuestro terreno, descifrados algunos signos y traducidas algunas palabras, podemos sin género alguno de temor presumir que tales objetos pertenecían a la edad bárbara del hombre, a la era oscura que solemos llamar fabulosa. En efecto, Señores; para que os podáis formar una aproximada idea del atraso de nuestros antepasados, bastará que os diga que los que vivían aquí no sólo reconocían aún reyes, sino que para resolver cuestiones de su gobierno interior, tenían todavía que acudir al otro extremo del mundo, que es como si dijéramos un cuerpo que para moverse necesitase consultar su cabeza existente en otra parte del Globo, acaso en los parajes que hoy ocultan las olas. Esta increíble imperfección, por inverosímil que os parezca, deja de ser así si consideramos las circunstancias de aquellos seres ¡que apenas me atrevo a llamar humanos!. En aquellos primitivos tiempos, estos seres estaban aún (o al menos así lo creían) en relación directa con su Creador, pues tenían ministros del mismo, seres diferentes de los demás y denominados siempre con los misteriosos caracteres M.R.P.Fr. Sobre cuya interpretación nuestros sabios no están de acuerdo. Según el mediano profesor de lenguas que tenemos, pues no habla más que ciento de los defectuosos idiomas del pasado, M.R.P. significaría Muy Rico Propietario, pues estos ministros eran una especie de semidioses, virtuosísimos, elocuentísimos oradores, ilustradísimos, y a pesar de su gran poder y prestigio jamás cometerían la más ligera falta, lo cual fortalece mi creencia al suponerlos de otra naturaleza distinta de los demás. Y si esto no bastase para apoyar mi opinión, quédame aún el segmento, no negado por nadie y cada día más y más confirmado, de que tales misteriosos seres hacían descender a Dios sobre la tierra con sólo pronunciar algunas palabras, que Dios no podía hablar sino por boca de ellos y a quién se comían, bebían la sangre y no pocas veces lo daban también a comer a los hombres comunes...”.

Estas y otras cosas más ponía el incrédulo filósofo en boca de los corrompidos hombres del porvenir. Acaso el viejo Tasio se equivoque, lo que es muy fácil, pero volvamos a nuestra narración.

En los quioscos que vimos ayer ocupar al maestro de escuela y los alumnos, se preparaba ahora el almuerzo opíparo y abundante. Sin embargo, en la mesa destinada a los chicos de la escuela no había ni una botella de vino, pero en cambio abundaban más las frutas. En la entramada que ambos unían estaban los asientos para los músicos y una mesa cubierta de dulces y confituras, frascos de agua coronados de hojas y flores para el sediento público.

El maestro de escuela había hecho levantar cucañas, barreras, colgar sartenes, ollas para alegres juegos.

La multitud, luciendo trajes de alegres colores, se aglomeraba huyendo del sol brillante, ya bajo la sombra de los árboles, ya bajo el emparrado. Los muchachos se subían a las ramas, sobre las piedras, para mejor ver la ceremonia, supliendo así su pequeña estatura; miraban con envidia a los chicos de la escuela que, limpios y bien vestidos, ocupaban su sitio destinado para ellos. Los padres estaban entusiasmados: ellos, pobres campesinos, verían a sus hijos comer sobre blanco mantel casi como el cura y el alcalde. Basta pensar en ello para no tener hambre, y tal suceso se contaría de padres a hijos.

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