Capítulo 18: Almas En Pena - Page 5 of 5

- ¿Dónde podré dejar estas legumbres? –preguntó sin darse por ofendida.

- ¡Allí... en cualquier parte! –contestó el cocinero sin mirarlas apenas, atento a su faena: estaba desplumando un capón.

Sisa fue colocando ordenadamente sobre la mesa las berenjenas, los amargosos, las patolas, la zarzalida y los tiernos ramos de pako. Después puso las flores encima, medio se sonrió y preguntó a un criado que le pareció más tratable que el cocinero:

- ¿Podré hablar con el Padre?.

- Está enfermo –contestó éste en voz baja.

- Y ¿Crispín?. ¿Sabéis si está en la sacristía?.

El criado la miró sorprendido.

- ¿Crispín? –preguntó frunciendo las cejas-. ¿No está en vuestra casa?.. ¿Lo querréis negar?.

- Basilio está en casa, pero Crispín se ha quedado aquí –repuso Sisa-; quiero verle...

- ¡Ya! -dice el criado-; se quedó, pero después... después se escapó, robando muchas cosas. El cura me ha mandado ir esta mañana temprano al cuartel para dar parte a la Guardia Civil. Ya deben haber ido a vuestra casa a buscar a los chicos.

Sisa se tapó las orejas, abrió la boca, pero sus labios se agitaron en vano: no salió ningún sonido.

- ¡Vaya con unos hijos que tenéis! –añadió el cocinero-. Se conoce que sois fiel esposa: ¡los hijos han salido como el padre!. ¡Cuidado que el pequeño le va a sobrepasar!.

Sisa prorrumpió en amargo llanto, dejándose caer sobre un banco.

- ¡No lloréis aquí! –le gritó el cocinero-; ¿no sabéis que el Padre está enfermo?. Id a llorar en la calle.

La pobre mujer casi a empujones descendió la escalera al mismo tiempo que las hermanas, que murmuraban y hacían conjeturas acerca de la enfermedad del cura.

La desgraciada madre ocultó su cara con el pañuelo y reprimió el llanto.

Al llegar a la calle, miró indecisa en torno suyo, después, como si hubiese tomado una determinación, se alejó rápidamente.

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nagdaláng-habág