Capítulo 39: Conclucion - Page 2 of 8

Esta última conjetura era la que se le presentaba con másvisos de probabilidad. Contribuían á robustecerla el telegramahace poco recibido y la voluntad decidida que había manifestadoSimoun desde un principio de no ser tratado por el médico de lacabecera. El joyero solo aceptaba los cuidados de don Tiburcioy aun con marcada desconfianza. En este caso, se preguntabael P. Florentino, qué conducta debía él observaar cuando laGuardia Civil le viniese á prender á Simoun? El estado del en-fermo no permitía el movimiento y menos un largo viaje....Pero el telegrama decía vivo ó muerto...

El P. Florentino dejó de tocar y se acercó á la ventana paracontemplar el mar. La desierta superficie, sin un barco, sin unavela, nada le sugeria. El islote que se distingue á lo lejos, soli-tario, solo le hablaba de su soledad y hacía mas solitario elespacio. El infinito es á veces desesperadamente mudo.

Trataba el anciano de analizar la sonrisa triste é irónicacon que Simoun recibió la noticia de 'que iba á ser preso. Quésignificaba aquella sonrisa? Y la otra sonrisa, más triste ymás irónica todavía, cuando supo que solo vendrían á las ochode la noche? Qué significaba aquel misterio? Por qué se negabaSimoun á esconderse?

Se le venía á la memoria la célebre oracion de San JuanCrisóstomo defendiendo al eunuco Eutropio : « ¡Nunca fuécomo ahora oportuno decir : Vanidad de vanidades y todovanidad!

— Sí, aquel Simoun tan rico, tan poderoso, tan temido unasemana antes, ahora, más desgraciado que Eutropio, buscabaasilo, y no en los altares de una iglesia, sino en la miserablecasa de un pobre clérigo indio, perdida en el bosque, en laorilla solitaria del mar! Vanidad de vanidades y todo vanidad !Y aquel hombre, dentro de breves horas, va á ser preso, arran-cado del lecho donde yace, sin respeto á su estado, sin conside-ración á sus heridas, vivo ó muerto le reclamaban sus enemigos! Cómo salvarle? Dónde encontrar los acentos conmovedoresdel obispo de Constantinopla? Qué autoridad tenían sus pobrespalabras, las palabras de un clérigo indio, cuya humillacionaquel mismo Simoun en gus dias de gloria parecía aplaudiry alentar?

El P. Florentino no se acordaba ya de la indiferente aco-gida que dos meses antes le había hecho el joyero. cuando quisointeresarle en favor de Isagani, preso por su exaltation impru-dente; se olvidada de la actividad que Simoun había desplegadopara precipitar las bodas de Paulita, bodas que habían sumidoá Isagani en una feroz misantropía, que ponía inquieto al tío:el P. Florentino lo olvidaba todo y solo se acordaba del estadodel enfermo, de sus deberes de huésped, y se devanaba lossesos. Debía esconderlo para evitar la accion de la justicia ?Pero si cl mismo interesado no se apuraba: sonreía...

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