Capítulo 33: Libre Pensamiento - Page 2 of 3

- Tenéis enemigos en las altas y en las bajas esferas, -continuó Elías sin advertir las palabras del joven-, meditáis una empresa grande, tenéis un pasado, vuestro padre, vuestro abuelo han tenido enemigos, porque han tenido pasiones y en la vida no son los criminales los que más odio provocan sino los hombres honrados.

- ¿Conocéis a mis enemigos?.

Elías no contestó por de pronto y meditó.

- Conocí a uno, al que ha muerto –repuso-. Ayer noche descubrí que él algo tramaba contra vos, por algunas palabras cambiadas con un desconocido que se perdió entre la multitud. “A éste no le comerán los peces como a su padre: lo veréis mañana”, decía. Estas palabras llamaron mi atención, no sólo por su contenido sino por el que las pronunciaba, que hace días se había presentado al maestro de obras, con el deseo expreso de dirigir los trabajos de la colocación de la piedra, no pidiendo gran salario y haciendo gala de grandes conocimientos. Yo no tenía motivo suficiente para creer en su mala voluntad, pero algo en mí me decía que mis presunciones eran ciertas, y por esto escogí, para advertiros, un momento y una ocasión propios para que no me pudieseis hacer preguntas. Lo demás ya lo visteis.

Largo rato había callado ya Elías y aún no había contestado ni dicho una palabra Ibarra. Estaba meditabundo.

- ¡Siento que ese hombre haya muerto! –repuso al fin-; ¡de él se habría podido saber algo más!.

- Si hubiese vivido se habría escapado de la temblorosa mano de la ciega justicia humana. ¡Dios le ha juzgado, Dios le ha matado, Dios sea el único juez!.

Crisóstomo miró un momento al hombre que así le hablaba, y descubriendo sus musculosos brazos, llenos de cardenales y grandes contusiones,

- ¿Creéis también en el milagro? –dijo sonriendo-: ¡ved el milagro de que habla el pueblo!.

- Si creyese en milagros, no creería en Dios: creería en un hombre deificado, creería que efectivamente el hombre había criado a Dios a su imagen y semejanza –contestó solemnemente-, pero yo creo en Él; he sentido más de una vez su mano. Cuando todo se derrumbaba amenazando destrucción a cuanto se encontraba en el sitio, yo, yo sujeté al criminal, me puse al lado suyo: él fue herido y yo estoy sano y salvo.

- ¿Vos?, ¿de manera que vos...?.

- ¡Sí!, yo le sujeté cuando quería escaparse, una vez comenzada su obra fatal: yo vi su crimen. Os digo: sea Dios el único juez entre los hombres, sea Él el único que tenga derecho sobre la vida; que el hombre no piense nunca en sustituirle!.

- Y sin embargo, vos esta vez...

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maitím na binábalak