Capítulo 21: Historia De Una Madre - Page 3 of 5

- ¡Bien! –dijo uno-, como de aquí hasta que entremos en el pueblo puedes correr, estarás entre nosotros dos. Una vez allá podrás marchar delante a unos veinte pasos, pero ¡cuidado!, no entres en ninguna tienda, ni te detengas. ¡Adelante y aprisa!.

Vanas fueron las súplicas, vanas las razones, inútiles las promesas. Los soldados decían que se comprometían bastante y le concedían demasiado.

Al verse en medio de los dos sintió morirse de vergüenza. Nadie, es verdad, venía en el camino, pero y ¿el aire y la luz del día?. El verdadero pudor ve miradas en todas partes. Cubrióse la cara con el pañuelo y marchando a ciegas lloró en silencio sobre la humillación. Conocía su miseria, sabía que era abandonada de todos, hasta de su mismo marido, pero hasta ahora se había considerado honrada y estimada: hasta ahora había mirado con compasión a aquellas mujeres, vestidas escandalosamente, que el pueblo denomina concubinas de los soldados. Ahora le parecía haber descendido una grada más que aquellas en la escala de la vida.

Oyéronse pisadas de caballos: eran los que llevaban pescados a los pueblos del interior. Hacían sus viajes en pequeñas caravanas hombres y mujeres, montados en malos jacos, entre dos cestos colgados a los costados del animal. Varios de ellos, al pasar delante de su choza, le habían pedido agua para beber y regalado algunos pescados. Ahora al pasar a su lado, le parecía que la atropellaban y pisoteaban y que sus miradas, compasivas o desdeñosas, penetraban a través de su pañuelo y dardeaban su cara.

Al fin los viajeros se alejaron y Sisa suspiró. Apartó un instante el pañuelo para ver si aún estaban lejos del pueblo. Quedaban algunos postes de telégrafos antes de llegar al bantáyan [1] o garita. Jamás le había parecido tan larga aquella distancia.

A orillas del camino crecía un frondoso cañaveral a cuya sombra descansaba ella en otros tiempos. Allí le daba dulce conversación su novio; él la ayudaba a llevar el cesto de frutas y legumbres; ¡ay!, aquello pasó como un sueño; el novio fue marido y al marido le hicieron cabeza de barangay y entonces la desgracia comenzó a llamar a su puerta.

Como el sol empezaba a arder, preguntáronle los soldados si quería descansar.

- ¡Gracias! –respondió horrorizada.

Pero donde se apoderó de ella verdadero terror fue al acercarse al pueblo. Angustiada, dirigió una mirada en torno: vastos arrozales, un pequeño canal de riego, árboles raquíticos; ¡ni un precipicio ni una roca contra la cual estrellarse!. Arrepintióse de haber seguido a los soldados hasta allí; echó de menos el profundo río que corría cerca de su choza, ¡cuyas altas orillas, sembradas de puntiagudas rocas, ofrecían tan dulce muerte!. Pero el pensamiento de sus hijos, de su hijo Crispín cuya suerte aún ignoraba, la alumbró en aquella noche, y pudo murmurar resignada:

- ¡Después... después iremos a vivir en el fondo del bosque!.

Secóse los ojos, procuró serenarse y dirigiéndose a los guardias, les dijo en voz baja:

- ¡Ya estamos en el pueblo!.

Su acento era indefinible; era queja, reconvención, lamento: era una plegaria, era el dolor condensado en sonido.

Los soldados, conmovidos, le respondieron con un gesto. Sisa se adelantó rápidamente y procuró afectar un aire tranquilo.

[1] Bantayan, lugar donde se hace 'bantay', guardar. Garita del equivalente a los guardias municipales.

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náhuli sa kamáy