Capítulo 4: Cabesang Tales - Page 4 of 6

Y de allí nadie le podía sacar y no había amenazas capaces de intimidarle. En vano el Gobernador M — hizo un viaje expresamente para hablarle y meterle miedo; él á todo respondia :

—Podeis hacer lo que querais, señor Gobernador, yo soy un ignorante y no tengo fuerzas. Pero he cultivado esos campos, mi mujer y mi hija han muerto ayudándome á limpiarlos y no los he de ceder sino á aquel que pueda hacer por ellos más de lo que he hecho yo. Que los riegue primero con su sangre y que entierre en ellos á su esposa y á su hija!

Resultas de esta terquedad los honrados jueces daban la razon á los frailes y todos se le reían diciendo que con la razon no se ganan los pleitos. Pero apelaba, cargaba su escopeta y recorria pausadamente los linderos. En este intervalo su vida parecia un delirio. Su hijo Talló, un mozo alto como sa padre y bueno como su hermana, cayó quinto; él le dejó partir en vez de comprarle un sustituto.

— Tengo que pagar abogados, decía á su hija que lloraba; si gano el pleito ya sabré hacerle volver y si lo pierdo no tengo necesidad de hijos.

El hijo partió y nada más se supo sino que le raparon el pelo y que dormía debajo de una carreta. Seis meses despues se dijo que le habían visto embarcado para las Carelinas; otros creyeron haberle visto con el uniforme de la Guardia civil.

— ¡Guardia civil Tanó! 'Susmariosep ! exclamaban unos y otros juntando las manos; Tanó tan bueno y tan honrado! Requimiternam!

El abuelo estuvo muchos días sin dirigir la palabra al padre, Julî cayó enferma, pero Cabesang Tales no derramó una sola lágrima; durante dos días no salió de casa como si temiese las miradas de reproche de todo el barrio; temía que le llamasen verdugo de su hijo. Al tercer día, sin embargo, volvió á salir con su escopeta.

Atribuyéronle propósitos asesinos y hubo bienintencionado que susurró haberle oido amenazar con enterrar al lego en los surcos de sus campos; el fraile entonces le cobró verdadero miedo. A consecuencia de esto, bajó un decreto del Capitan General prohibiendo á todos el uso de las armas de fuego y mandándo las recoger. Cabesang Tales tuvo que entregar su escopeta, pero armado de un largo bolo prosiguió sus rondas.

— Qué vas á hacer con ese bolo si los tulisanes tienen armas de fuego? le decía el viejo Selo.

— Necesito vigilar mis sembrados, respondía; cada caña de azucar que allí crece es un hueso de mi esposa.

Le recogieron el bolo por encontrarlo demasiado largo. El entonces cogió la vieja hacha de su padre y con ella al hombre proseguía sus tétricos paseos.

Cada vez que salía de casa, Tandang Selo y Julî temblaban por su vida. Esta se levantaba de su telar, se iba ála ventana, oraba, hacía promesas á los santos, rezaba novenas. El abuelo no sabía á veces cómo terminar el aro de una escoba y hablaba de volver al bosque. La vida en aquella casa se hacía imposible.

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