Capítulo 38: Fatalidad - Page 2 of 4

El racimo humano se detenía á veces mientras sus conduc-tores bebían, y despues proseguía su camino con la boca seca,el cerebro oscuro y el corazon lleno de maldiciones. La sed eralo de menos para aquellos desgraciados.

—¡Adelante, hijos de p—! gritaba el soldado, vigorizado denuevo, lanzando el insulto comun en la clase baja de losfilipinos.

Y silbaba la rama y caía sobre una espalda cualquiera, lamás próxima, á veces sobre un rostro, dejando una marcaprimero blanca, roja despues, y más tarde sucia gracias alpolvo del camino.

—Adelante, cobardes ! gritaba á veces en español ahuecandomucho la voz.

—¡Cobardes! repetían los ecos del monte.

Y los cobardes apresuraban su marcha bajo el cielo de hierrocaldeado, por un camino que quema, hostigados por la nudosarama que se desmenuza sobre la acardenalada piel. El frío de laSiberia sería quizás más clemente que el sol de Mayo en Fili-pinas !

Sin embargo, entre los soldados había uno que miraba conmalos ojos tantas crueldades inútiles: marchaba silencioso,las cejas fruncidas como digustado. Al fin, viendo que elguardia, no satisfecho con la rama, daba de puntapiés á lospresos que se caían, no se pudo- contener y le gritó impaciente:

—Oye, Mautang, déjalos andar en paz!

Mautang se volvió sorprendido.

— Y á tí ¿qué te importa, Carolino? preguntó.

—A mí nada, pero me dan pena! contestó el Carolino; sonhombres corno nosotros!

—Como se vé que eres nuevo en el oficio! repuso Mautangriendo compasivo ; ¿cómo tratábais, pues, á los presos en laguerra?

—Con más consideracion, seguramente ! respondió el Caro-lino.

Mautang se quedó un momento silencioso y despues comoencontrando su réplica, repuso tranquilamente:

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laglág-luksâ