Capítulo 9: Cosas Del País - Page 3 of 3

- Además –continuó el enfermo-, nosotros necesitamos que nos ataquen, que nos despierten: esto nos descubre nuestros flacos y nos mejora. Las exageradas alabanzas nos engañan, nos adormecen, pero fuera nos ponen en ridículo, y el día en que estemos en ridículo, caeremos como caímos en Europa. El dinero ya no entrará en nuestras iglesias, nadie comprará escapularios ni correas ni nada, y cuando dejemos de ser ricos, no podremos ya más convencer a las conciencias.

- ¡Psh!. Siempre tendremos nuestras haciendas, nuestras fincas...

- ¡Todas se perderán como las perdimos en Europa!. Y lo peor es que trabajamos para nuestra ruina. Por ejemplo: ese afán desmedido de subir cada año y a nuestro arbitrio, el canon de nuestros terrenos, ese afán que en vano he combatido en todos los Capítulos [39], ¡ese afán nos pierde!. El indio se ve obligado a comprar en otra parte tierras que resultan tan buenas o mejores que las nuestras. Temo que no estemos empezando a bajar: Quos vult perdere Júpiter dementat prius. [40] Por esto no aumentamos nuestro peso, el pueblo murmura ya. Has pensado bien: dejemos a los demás que arreglen allá sus cuentas, conservemos el prestigio que nos queda y puesto que pronto apareceremos ante Dios, limpiémonos las manos... ¡Que el Dios de las misericordias tenga piedad de nuestras flaquezas!.

- ¿De manera que V.R. cree que el canon o tributo...

- ¡No hablemos ya más de dinero! –interrumpió con cierto disgusto el enfermo-, ¿Decías que el teniente había prometido al P. Dámaso...?.

- ¡Sí, padre! –contestó Fr. Sibyla medio sonriendo-. Pero esta mañana le vi y me dijo que sentía cuanto había pasado anoche, que el jerez se le había subido a la cabeza y que consideraba que el P. Dámaso estaba en igual situación que él. ¿Y la promesa? –le pregunté en broma-. “Padre cura –me contestó-, yo sé cumplir mi palabra cuando con ella no mancho mi honor; no soy ni he sido nunca delator, por eso no tengo más que dos estrellas”.

Después de hablar de otras cosas insignificantes, Fr. Sibyla se despidió.

El teniente no había ido en efecto a Malacañan, pero el Capitán General supo lo ocurrido.

Hablando con sus ayudantes de las alusiones que los periódicos de Manila le hacía bajo nombre de cometas y apariciones celestes, uno de aquellos le refirió la cuestión del P. Dámaso con colores algo más intencionados aunque de forma más correcta.

- ¿De quién lo supo Ud.? –preguntó S.E sonriendo.

- De Laruja, que lo contaba esta mañana en la Redacción.

El Capitán General volvió a sonreírse y añadió:

- ¡Mujer y fraile no hacen agravio!. Pienso vivir en paz el tiempo que me queda de país y no quiero más cuestiones con hombres que usan faldas. Y más, he sabido también que el provincial [41] se ha burlado de mis órdenes; yo pedí como castigo el traslado de ese fraile; y bien, le trasladaron llevándole a otro pueblo mucho mejor: ¡frailadas como decimos en España!.

Pero cuando S.E. se encontró solo, dejó de sonreír.

- ¡Ah!, ¡si el pueblo este no fuera tan estúpido, les metería en cintura a mis reverencias! –suspiró-. Pero cada pueblo merece su suerte y hagamos lo que todo el mundo.

Capitán Tiago, entretanto, concluyó de conferenciar con el P. Dámaso, o mejor dicho, éste con él.

- ¡Con que ya estás advertido! –decía el franciscano al despedirse-. Todo esto se hubiera podido evitar si me hubieses antes consultado, si no hubieses mentido cuando yo te lo preguntaba. ¡Procura no cometer más tonterías! ¡y fíate en tu padrino!.

Capitán Tiago dio dos o tres vueltas por la sala, meditabundo y suspirando; de repente, como si se le hubiese ocurrido un buen pensamiento, corrió al oratorio y apagó aprisa las velas y la lámpara que había hecho encender para salvaguardia de Ibarra.

- ¡Todavía hay tiempo y el camino es muy largo! –murmuró.

[39] Reuniones en las comunidades de religiosos donde se dirimen políticas y se adoptan decisiones mayores.

[40] Júpiter enloquece a los que quiere destruir, un aforismo popular latino. Hay varias versiones de este refrán, algunas sustituyen a Júpiter por 'los dioses,' otras, como la que usa Rizal, añaden 'prius', primero, etc. Muy posiblemente la más corta, simple y con mejor rima sea también la más antigua y por lo tanto la más auténtica: 'quos vult perdere Jupiter dementat.'

[41] Superior regional en una orden religiosa que se divide en 'provincias.' Rizal muestra aquí la poca estima que las autoridades civiles tenían por las religiosas. Ha de decirse también que esta falta de estima era mútua. Este estado de cosas tuvo causas muy complejas, pero todas sobre la base de que los religiosos normalmente se quedaban en Filipinas de por vida, no así los oficiales del gobierno civil que sólo lo hacían por pocos años. Es fácil entender que esta situación permitiera al clero mejor acceso a los resortes del poder real al conocer mejor el país y estar en contacto íntimo y prolongado con sus gentes. El resultado normal fué envidia y celotipia en las autoridades civiles hacia las religiosas y menosprecio y ninguneo en las autoridades religiosas hacia las civiles. Se pueden ver más matices de esta situación en el análisis que Edward Gaylor Bourne hace en su Introducción Histórica a la obra The Philippine Islands: 1493-1898 de Blair y Robertson .

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ahas na tulóg