Capítulo 27: Al Anochecer - Page 4 of 5

Era un hombre cubierto con un ancho salakot de hojas de palma, y vestido miserablemente. Consistía su traje en una levita, hecha jirones, y unos calzones anchos, como los de los chinos, rotos en diferentes sitios. Miserables sandalias calzaban sus pies. Su rostro quedaba todo en sombras gracias a su salakot, pero de aquellas tinieblas partían de cuando en cuando dos fulgores, que se apagaban al instante. Era alto y por sus movimientos debía creerse que era joven. Depositaba un cesto en tierra y se alejaba después pronunciando sonidos extraños, incomprensibles; permanecía de pie, completamente aislado, como si él y la muchedumbre se esquivasen mutuamente. Entonces acercábanse algunas mujeres a su cesta, depositaban frutas, pescado, arroz, etc. Cuando ya no había nadie que se acercase, salían de aquellas sombras otros sonidos más tristes pero menos lastimeros, acción de gracias tal vez; recogían su cesta y se alejaban para repetir lo mismo en otro sitio.

María Clara presintió allí una desgracia y preguntó llena de interés por aquel extraño ser.

- Es el lazarino [14] –contestó Iday-. Hace cuatro años ha contraído esa enfermedad: unos dicen por cuidar a su madre, otros por haber estado en la húmeda prisión. Vive en el campo, cerca ya del cementerio de los chinos; no se comunica con nadie, todos huyen de él por temor de contagiarse. ¡Sí vieras su casita!. Es la casita de Giring-giring: [15] el viento, la lluvia y el sol entran y salen como la aguja en la tela. Le han prohibido tocar nada que perteneciese a la gente. Un día cayó un chiquillo en el canal, el canal no era profundo, pero él que pasaba cerca le ayudó a salir de allí. Súpolo el padre, se quejó al gobernadorcillo y éste le mandó dar seis azotes en medio de la calle, quemando después el bejuco. ¡Aquello era atroz!, el lazarino corría huyendo, el azotador le perseguía y el gobernadorcillo le gritaba: “¡Aprende!, más vale que uno se ahogue que no se enferme como tú”.

- ¡Es verdad! –murmuró María Clara.

Y sin darse cuenta de lo que hacía, acercóse rápidamente a la cesta del desgraciado y depositó en ella el relicario que acababa de regalarle su padre.

- ¿Qué has hecho? –le preguntaron sus amigas.

- ¡No tenía otra cosa! –contestó disimulando con una risa las lágrimas de sus ojos.

- Y ¿qué va él a hacer con tu relicario? –le dijo Victoria-. Un día le dieron dinero, pero con una caña lo alejó de sí: ¿para qué lo quería si nadie acepta nada que venga de él?. ¡Si el relicario pudiera comerse!.

María Clara miró con envidia a las mujeres que vendían comestibles y se encogió de hombros. Pero el lazarino se acercó a la cesta, cogió la alhaja que brilló entre sus manos, se arrodilló, la besó y después descubriéndose hundió la frente en el polvo que la joven había pisado. María Clara ocultó el rostro detrás de su abanico y se llevó el pañuelo a los ojos.

Entretanto se había acercado una mujer al desgraciado que parecía orar. Traía la larga cabellera, suelta y desgreñada, y a la luz de los faroles se vieron las facciones extremadamente demacradas de la loca Sisa.

[14] Leproso.

[15] Palabra onomatopéyica que no significa nada en concreto. Iday describe la vivienda endeble y destartalada del leproso como casa de 'giring-giring.'

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masamáng dugô